LA EVALUACIÓN DE IMÁGENES
La evaluación de imágenes, pictóricas o fotográficas, es un proceso mental al que nos entregamos gustosos todos los amantes del arte y, en particular, todos los fotógrafos. Por lo general se trata de un acto que se realiza más o menos inconscientemente y en un brevísimo tiempo, lo cual puede dar la falsa impresión que detrás de él no existen fundamentos sólidos, basados en principios racionales, estéticos o emocionales, como aquellos que parecen propios de otras actividades intelectuales desarrolladas por el ser humano. El propósito de este artículo es el de precisar que tales fundamentos existen, para luego resumirlos y clarificarlos, de modo que ellos estén siempre presentes en el espíritu de todo fotógrafo, no sólo en la ocasión de evaluar obras propias o ajenas, sino que también, y muy especialmente, en el instante fotográfico, aquel mágico momento en el cual éste crea o captura aquellas imágenes con las cuales intenta registrar un acontecimiento de su vida, de la vida de los que ama, o bien dar curso a la inquietud artística que enriquece su existencia. Comencemos pues...
Los estudiosos de este tema han llegado a la conclusión que el proceso intelectual que determina la mayor o menor aceptación que un observador manifiesta por una imagen, está basado en el análisis, casi inconsciente y automático, de tres factores, altamente subjetivos, que se refieren a cualidades estéticas, informativas y emocionales, que él percibe o relaciona con ella.
Las cualidades estéticas están ligadas al grado de belleza que el observador advierte en la obra; el factor informativo, a la novedad descubierta en el tema o en su tratamiento, y el factor emocional, a los sentimientos que ella despierta y a las evocaciones que suscita. Examinemos cada uno por separado:
El factor estético
La Belleza es un concepto profundamente enraizado dentro del acerbo genético del ser humano; el placer que provoca su descubrimiento revela la magnitud de la necesidad que de ella se tiene y también el valor que se otorga a su captura y posesión. Por crearla, alcanzarla y poseerla se ha esforzado el hombre a lo largo de los siglos, y los fotógrafos no somos ajenos a ello; vivimos en un mundo complejo y cambiante, del cual procuramos extraer la elusiva y efímera belleza que la naturaleza nos oculta y ofrece, o bien buscamos construirla con la mente y luego con las manos, para aprisionarla en el tiempo. No me atreveré a intentar definirla en este momento, pues lo creería algo presuntuoso de mi parte; prefiero pensar que todos los fotógrafos, privilegiados entre los seres humanos por su capacidad de reconocerla, saben identificarla cuando la encuentran, quizá porque, como escribió E.C. en El Mercurio, “a todos nos hace latir más rápido el corazón”.
En todo caso, sí me atreveré a mencionar algunos factores que parecen determinarla:
* Una adecuada distribución, dentro del espacio concedido a la imagen, de las líneas y formas que la constituyen.
* Una elevada relación armónica entre las formas y los colores que la componen.
* Una gran simetría, mas no monótona, con simplicidad no exenta de complejidad pero reconocible, que permita identificar con precisión las formas y sus mutuas relaciones, que otorgan equilibrio al conjunto.
* Una distribución tal de las líneas, formas y colores, tal que su lectura haga danzar los ojos con un ritmo placentero.
Con frecuencia se asocia la Belleza con el orden y la armonía general del universo, con el Bien y hasta con el concepto de Dios - ¡así de importante es! - y es por ello que admiramos a quienes poseen el don de intuirla, de encontrarla, de producirla y de capturarla para nuestro deleite. ¡Todos quisiéramos tener el alma sintonizada con ella! ¡A todos nos atrae! Personalmente valoro muchísimo la belleza en una obra de arte, fotográfica o de cualquier otro tipo, pero sé que ello no basta para asegurar su éxito y atractivo; siempre es deseable que las imágenes incluyan el más alto contenido informativo y emotivo posible, de manera que, al gozo estético, se sumen otros factores que hagan más completo el deleite y la fascinación que ellas nos provocan.
El factor informacional
La información es otra “cosa” que el ser humano busca con ahínco, lo cual revela, al igual que sucede con la belleza, la enorme necesidad que de ella tiene; quizá hasta la belleza no sea sino que una forma ideal de presentar información a la mente del hombre. Pero, ¿qué es la información? Una vez más debo decir lo siento, pero tampoco me atrevo a intentar definirla, menos en pocas líneas. Como todas las cosas esenciales en este universo, resulta dificilísimo o imposible dar una definición simple de este trascendental concepto y por ello lo evitaré, limitándome a tratar de aclarar algunos de los factores de los cuales depende y sólo de forma circunscrita al tema que nos ocupa.
La información es algo que puede medirse y la cantidad contenida en una imagen está determinada por el grado de novedad que el observador descubre en ella, tanto en su contenido como en su presentación.
Por contenido, nos referimos al tema, y de su rareza depende el grado de novedad que nos ofrece la obra; por ejemplo, el grado de novedad es mayor cuando una imagen muestra lugares exóticos, lejanos o de difícil acceso y por ende poco conocidos; cuando nos muestra personas o animales no comunes en nuestro medio habitual, o personas muy bellas (y por lo tanto raras) o desnudas (raro aún en nuestros tiempos) o de rostro interesante por lo expresivo o por las marcas que han dejado en él toda una vida de experiencias y el paso de los años.
La rareza del tema también aumenta cuando la imagen ha sido lograda en horas o situaciones que muestran la realidad como no es común que se la vea, por ejemplo, de madrugada o de noche, bajo la lluvia o la niebla, en medio de ceremonias o de fiestas poco frecuentes; note que la cantidad de información puede llegar a ser altísima si el fotógrafo logra capturar un instante singular, de interés relevante, de entre los millones que podrían constituir la existencia de un aspecto de la realidad; al respecto no se debe olvidar que la captura fiel de un breve instante de la realidad es una de las facetas más distintivas de la técnica fotográfica y la que mejor marca su diferencia con las demás artes visuales. Aprecio grandemente a los fotógrafos que poseen la habilidad de reaccionar con presteza ante situaciones que ofrecen la posibilidad de capturar una gran imagen logrando controlar, en forma simultánea, todos los factores que permiten aproximarse a la excelencia técnica y compositiva.
La complejidad aporta también una buena cuota al contenido informativo de una imagen, pero sólo si no destruye su unidad ni provoca confusión, es decir, será muy útil cuando facilite la comprensión del “mensaje” principal; para ello se debe lograr que los elementos esenciales de la fotografía cooperen coherentemente a la idea central, casi por redundancia, mientras que, al mismo tiempo, se reducen o eliminan aquellos otros que sólo generan ambigüedad, distracción o confusión (disminución del “ruido” en la imagen). Recuerde que la redundancia implica la repetición de líneas, de formas, de símbolos, de gestos, de ideas o de situaciones que insisten en el mismo “mensaje” pero con variantes, para no aburrir. He puesto la palabra mensaje entre comillas para diferenciarla de aquella a la que estamos habituados y para destacar que no se trata de que el fotógrafo “diga” algo racional a través de su obra, sino que logre transmitir una impresión, una emoción, un estado de ánimo o, simplemente que logre producir placer estético en el observador.
Una imagen simple es fácil de componer y de “leer” pero, por lo mismo, su examen no retiene largo tiempo al observador, cuya mente, tras extraer rápida y completamente todo lo que ella puede darle, dirige su atención en otro sentido, sin siquiera volver a experimentar la necesidad de examinarla otra vez. En este sentido, la fotografía ideal podría ser aquella que no cuenta todo de inmediato sino que incita al observador a formularse interrogantes y a buscar, en ella misma, las respuestas, una y otra vez, o quizás a tratar de imaginar desenlaces y continuaciones, tal y como un buen cuento hace.
Por desgracia, las imágenes complejas pero limpias no son fácilmente encontrables; siempre es más fácil fabricarlas, aunque con mucho más dificultad logística que la requerida por un pintor o dibujante para crear su obra.
Pudiera ser que el tema no fuese tan raro, pero sí su tratamiento; se sabe bien que una de las cualidades que aporta más encanto a una fotografía es su capacidad de recrear lo que de por sí ella no puede tener, es decir, el volumen o la profundidad, el movimiento y hasta el sonido. Varias son las técnicas que puede poner en obra un fotógrafo hábil para incrementar la información que recibirá el observador por este concepto, por ejemplo, mediante el control de la perspectiva en sus diversas formas (aérea, de posición, a través del control de la profundidad de campo, etc.); mediante una iluminación adecuada y/o la modificación de la distancia focal del objetivo empleado mientras se obtura, a través el movimiento controlado de la cámara, etc..
Conocido es también que el empleo de perspectivas o colores a los cuales no se está acostumbrado puede conducir a imágenes diferentes e impactantes; quisiera recordarles aquí aquellos ángulos de toma llamados “mirada de pájaro” y “mirada de hormiga”, o también el efecto compresor de los potentes teleobjetivos, el efecto expansor de los lentes gran angulares, o el otro mundo al que dan acceso los objetivos para fotomacrografía y los irreales colores o saturaciones que produce el empleo de filtros polarizadores, coloreados y otros.
Sin duda que se puede magnificar la rareza del producto, falseando los colores; el falseo más “natural” pero impactante lo provee quizás el filtro polarizador, pero también es posible ir mucho más allá, por ejemplo, imprimiendo una diapositiva en proceso negativo o solarizando la copia, haciendo montajes de dos o más imágenes o de una y un film coloreado.
Las técnicas para aumentar el valor informativo parecen ser infinitas, tanto en color como en blanco y negro: fotografiar con exposiciones múltiples, con flash disparado tan pronto como se desliza la primera cortina del obturador, o justo antes que opere la segunda; haciendo montajes con dos imágenes o con una y un film coloreado; asimismo se puede copiar una imagen o parte de ella, se puede copiar dos o más sobre un mismo papel o diapositiva; se puede...se puede...se puede hacer casi cualquier cosa para impresionar con ello, pero no hay que perder de vista que una buena fotografía rara vez requiere de un drástico tratamiento para realzarla. La idea de la manipulación exagerada siempre pretende salvar imágenes mediocres o de crear, con dos mediocres, una aceptable, lo cual a veces se logra pero, por lo general, tras la primera impresión, el tiempo y la observación calmada hacen retornar a su oscuro lugar lo que brilló, con efímera luz, ante los encandilados ojos de un sorprendido observador.
Si se examina la obra de los grandes maestros, se advierte que ellos son muy fieles a la esencia del arte fotográfico.
Es indudable que el futuro enfrentará a los observadores con situaciones mucho más complejas. La manipulación digital de imágenes producirá modificaciones tan profundas, significativas e irreconocibles como tales, que será casi imposible darse cuenta que ya no es una fotografía la que se tiene delante, sino que algo distinto, quizá hasta una nueva forma de arte, cuyo concepto está aún por ser definido. Sólo los propios fotógrafos sabrán si están haciendo fotografía o no,... casi como ahora.
Y algo más, lo último sobre este punto, un poco como palabras de advertencia: es cierto que la cantidad de información contenida por una imagen es tanto mayor cuanto más novedosa es para un observador en particular, pero ello no implica, necesariamente, que por eso contará en forma automática con su aprecio, pues pudiera ser que dicha obra contuviese más novedad de la que es capaz de manejar la mente de esa persona y así, puede que a ella no le “llegue”, al menos de inmediato. Es bueno tener presente que para todo observador existe, en una imagen exitosa para sus ojos, un adecuado equilibrio entre lo conocido y lo nuevo, entre su acerbo informativo propio (su grado cultural al respecto) y lo que le aporta adicionalmente la obra; dicho adecuado balance es muy personal y evolutivo.
El factor emocional
Este es el factor que crea rechazos o amores a primera vista; el que puede dar origen a pasiones que obnubilan, no dejando ver lo obvio. Puede llegar a ser el que más influencia tenga en el juicio de un fotógrafo sobre sus propias obras porque, al fin y al cabo, sólo él recuerda, además de la impresión visual, ya sea los aromas que había en ese bosque en el que tomó la fotografía, o bien las palpitaciones de su corazón cuando veía a esa mujer en el visor de su cámara pero, sin duda, es también un factor muy importante para desarrollar un juicio sobre cualquier obra ajena. Es en este factor en el cual se apoya un fotógrafo sensible para conmover los espíritus y es él, también, quien ha hecho la fama de muchas imágenes geniales.
Sin duda que es una multitud de experiencias emocionales, íntimamente ligadas a la vida del observador, la que da forma a este factor y son esas experiencias las que dan origen a temas preferidos, de los cuales, aparte de aquellos que los publicistas han identificado como claves del éxito (las mujeres, los niños y los animales, no sé sí en ese orden...) existen otros innumerables, que cada uno puede encontrar dentro de sí mismo, tras un rápido autoexamen de espíritu.
Puede que, por depender fuertemente de la propia vida y sensibilidad artística y humana de cada cual, este último sea el factor más subjetivo y subconsciente de los tres que hemos considerado pero no se debe olvidar tampoco, para evaluar su real peso en nuestras impresiones, que tanto o más propio de cada uno es el bagaje cultural que nos acompaña y que, conjuntamente con el anterior, determina nuestros juicios y valoraciones, no sólo en lo que respecta a la evaluación de fotografías; así pues, es en realidad el todo, es decir, el equilibrio de todos los factores considerados, lo que nos lleva al juicio sobre una imagen. Como se comprende, el resultado final es bastante subjetivo y explica el porqué una fotografía o un procedimiento técnico que es interesante, atractivo o novedoso para unos, podría ser muy común y soso para otros; también es la causa que justifica que aquello a lo que uno le otorga valor en una imagen sea, para otro, digno de puntos en contra. Adicionalmente, los pareceres evolucionan con el tiempo y el lugar, de tal manera que lo que pudo provocar mucho interés ayer, ya no lo produce hoy y lo que impresiona aquí, puede dejar fríos a los de más allá.
Llegando ya al fin de estas páginas no deseo dejar la impresión que la evaluación de fotografías es algo demasiado subjetivo; para atemperar el asunto es conveniente recordar que todos compartimos una cultura de base similar, lo cual suaviza las diferencias de opinión. Se podrá tener discrepancias pero nunca andaremos tan separados; las fotos buenas lo serán siempre, y las malas, bueno, las malas serán lo que son.
Osvaldo González Rojas
E.F.CH.F - A.FIAP
osvaldodechile@gmail.com
www.fotosdeosvaldo.blogspot.com
www.flickr.com/photos/fotosdeosvaldo
Historias vividas
Sunday, July 03, 2011
Saturday, December 04, 2010
De profesores, de alumnos y de griegos
DE PROFESORES, DE ALUMNOS Y DE GRIEGOS
¿Y por qué no “De profesores, de alumnos y de gallegos”, se preguntarán algunos?; me parece lícito, al fin y al cabo, en ciertas ocasiones, a uno mismo, como profe o como alumno, le ha parecido ser partícipe de un chiste sobre los tales; sin embargo, ¡tienen que ser los griegos!. Reconozco que, estratégicamente, habría sido mucho mejor incluir a los gallegos pues de ese modo todo el mundo pensaría que se trata de un escrito más bien cómico, suscitándose un mayor interés en leerlo... ¡Bueno! pero ya está decidido, después de todo, elegir el título de un artículo es algo que le corresponde a quien lo escribe y deberán agradecer que tuve el buen tacto de no precisar, para colmo, que se trata de los antiguos griegos
¿Y por qué de los antiguos griegos, se preguntarán otros?. Y bueno, simplemente porque los admiro. Y lo hago porque, hace tanto tiempo, fueron tan capaces y tan brillantes para pensar y clarificar conceptos que aún parecen frescos y que nos ayudan, todavía, a comprendernos y a comprender el mundo en el que vivimos. En particular, aprecio la importancia del legado en raíces del idioma que usamos, como también lo hago con aquella de la similar herencia recibida de los antiguos romanos, quienes, a pesar de ser menos originales y más disipados que los griegos, también aportaron lo suyo, según se da cuenta uno cuando hurga en la etimología de las palabras que empleamos. Y, entre estas, hay tres que nos tocan muy de cerca: docente, alumno y profesor.
Seguramente sabe usted que docente proviene del latín ducere, que significa conducir o guiar. ¿Guiar a quiénes?, a los e-ducandos, por supuesto, es decir, a los que son conducidos y que también son conocidos como alumnos, palabra que me gusta más que estudiantes, porque esta última se limita a describir una actividad realizada por ciertas personas, para la cual no necesariamente requieren de un docente. Y si me gusta más la palabra alumno es porque significa “el que es alimentado” (procede del latín alere o alimentar) pero, sinceramente, mucho más bonita me parece la francesa élève, ya que destaca el propósito y el efecto que tiene la mencionada guía, pues se traduce por aquel a quien se hace crecer, o aquel que es elevado y que, en consecuencia, crece.
¿Y cómo se hace crecer a una persona?, alimentándola, por cierto.
¿Y con qué?... bueno, cuando se trata de nutrir el espíritu humano hay que hacerlo con información, para que él pueda, con su ayuda, recrear y crear conocimiento.
¿Y cómo se conduce a las personas a ese tipo de alimento? ¡ah!, aquí aparecen los profesores y los griegos. Veamos por qué:
Profesor es una palabra compuesta de dos raíces, pro y fateor. Para asignarle un significado a pro tenemos varias opciones: suponer que proviene del latín prode, que significa provecho o bien, que lo hace del latín pro, que corresponde, entre otros, a la preposición por. Como fateor es un verbo en latín que viene de una raíz griega que significa hablar, entonces, profesor, en una libre y personal interpretación mía, sería aquel que le saca provecho a la palabra o, preferiblemente, y con esto casi cerramos el cuadro, aquel que guía hacia el alimento y por medio de la palabra, al espíritu de aquellos que desean crecer. ¡No me digan qué no es lindo!.
Pero no nos apresuremos tanto en terminar pues, para que la palabra, escrita o hablada, surta el efecto esperado, se requiere de bien conocer y practicar la retórica y, con ella, según constatarán, volveremos a los griegos. Los diccionarios definen la retórica como “el arte de hablar o de escribir en forma efectiva”. Para Aristóteles es “la habilidad para utilizar los medios de persuasión disponibles según el caso” y él mismo describe los tres factores que la determinan, denominándolos Ethos, Logos y Pathos, que deben ser utilizados complementariamente para interesar y persuadir con efectividad a la audiencia.
El gran filósofo definió Ethos (término del cual se deriva la palabra ética) como la credibilidad que establece en su exposición aquel que habla o escribe. El carácter del expositor y su actitud hacia su audiencia forman las bases del atractivo de sus argumentos. El carácter es aquello que da valor a las ideas expuestas y se manifiesta demostrando tres características: inteligencia, virtud y buena intención. Mientras la inteligencia se evidencia a través del conocimiento exhibido sobre el tema, además de la lógica y del sentido común para tratarlo, la virtud y las buenas intenciones son comunicadas más bien por medio de la actitud que el expositor asume hacia su audiencia, expresándose a través del tono empleado, el cual transmite impresiones sobre su propio sentir.
Mediante el Logos, el expositor debe provocar, a través del razonamiento lógico y el empleo juicioso de datos, la atracción hacia el tema y el deseo de su comprensión.
Por su parte, a través del Pathos, también llamado atractivo emocional (del cual derivan las palabras empatía, simpatía y patético) se busca estimular y persuadir mediante el uso de las emociones. Para él, Aristóteles señala dos orígenes: el primero es la aenergia, es decir la energía que debe poner el expositor para despertar la pasión en los auditores, cuestión fundamental para incitarlos a la acción y, el segundo, es el empleo de un lenguaje apropiado, el cual debe ser natural, comprensible y correcto.
Finalmente y sin pretender enmendar la plana a Aristóteles, cosa que pocos siglos atrás me habría resultado caro, opino que no hay que olvidar que agregando estética al discurso, mediante la incorporación de belleza y elegancia a la forma en la que se desarrolla el Ethos, el Pathos y el Logos, se incrementa considerablemente su atractivo.
Y así pues, gracias a que no hicimos chistes a costa de gallegos, se ha terminado por intuir, ciertamente con gusto a poco pero con muchas yes, lo que de verdad son los alumnos y lo que ellos requieren de un profesor.
Osvaldo González Rojas.
Ex profesor del Área Electónica de la Sede Concepción de la UTFSM.
arropado por su familia y sus amigos, su destino, que también será el nuestro, algún día. D
¿Y por qué no “De profesores, de alumnos y de gallegos”, se preguntarán algunos?; me parece lícito, al fin y al cabo, en ciertas ocasiones, a uno mismo, como profe o como alumno, le ha parecido ser partícipe de un chiste sobre los tales; sin embargo, ¡tienen que ser los griegos!. Reconozco que, estratégicamente, habría sido mucho mejor incluir a los gallegos pues de ese modo todo el mundo pensaría que se trata de un escrito más bien cómico, suscitándose un mayor interés en leerlo... ¡Bueno! pero ya está decidido, después de todo, elegir el título de un artículo es algo que le corresponde a quien lo escribe y deberán agradecer que tuve el buen tacto de no precisar, para colmo, que se trata de los antiguos griegos
¿Y por qué de los antiguos griegos, se preguntarán otros?. Y bueno, simplemente porque los admiro. Y lo hago porque, hace tanto tiempo, fueron tan capaces y tan brillantes para pensar y clarificar conceptos que aún parecen frescos y que nos ayudan, todavía, a comprendernos y a comprender el mundo en el que vivimos. En particular, aprecio la importancia del legado en raíces del idioma que usamos, como también lo hago con aquella de la similar herencia recibida de los antiguos romanos, quienes, a pesar de ser menos originales y más disipados que los griegos, también aportaron lo suyo, según se da cuenta uno cuando hurga en la etimología de las palabras que empleamos. Y, entre estas, hay tres que nos tocan muy de cerca: docente, alumno y profesor.
Seguramente sabe usted que docente proviene del latín ducere, que significa conducir o guiar. ¿Guiar a quiénes?, a los e-ducandos, por supuesto, es decir, a los que son conducidos y que también son conocidos como alumnos, palabra que me gusta más que estudiantes, porque esta última se limita a describir una actividad realizada por ciertas personas, para la cual no necesariamente requieren de un docente. Y si me gusta más la palabra alumno es porque significa “el que es alimentado” (procede del latín alere o alimentar) pero, sinceramente, mucho más bonita me parece la francesa élève, ya que destaca el propósito y el efecto que tiene la mencionada guía, pues se traduce por aquel a quien se hace crecer, o aquel que es elevado y que, en consecuencia, crece.
¿Y cómo se hace crecer a una persona?, alimentándola, por cierto.
¿Y con qué?... bueno, cuando se trata de nutrir el espíritu humano hay que hacerlo con información, para que él pueda, con su ayuda, recrear y crear conocimiento.
¿Y cómo se conduce a las personas a ese tipo de alimento? ¡ah!, aquí aparecen los profesores y los griegos. Veamos por qué:
Profesor es una palabra compuesta de dos raíces, pro y fateor. Para asignarle un significado a pro tenemos varias opciones: suponer que proviene del latín prode, que significa provecho o bien, que lo hace del latín pro, que corresponde, entre otros, a la preposición por. Como fateor es un verbo en latín que viene de una raíz griega que significa hablar, entonces, profesor, en una libre y personal interpretación mía, sería aquel que le saca provecho a la palabra o, preferiblemente, y con esto casi cerramos el cuadro, aquel que guía hacia el alimento y por medio de la palabra, al espíritu de aquellos que desean crecer. ¡No me digan qué no es lindo!.
Pero no nos apresuremos tanto en terminar pues, para que la palabra, escrita o hablada, surta el efecto esperado, se requiere de bien conocer y practicar la retórica y, con ella, según constatarán, volveremos a los griegos. Los diccionarios definen la retórica como “el arte de hablar o de escribir en forma efectiva”. Para Aristóteles es “la habilidad para utilizar los medios de persuasión disponibles según el caso” y él mismo describe los tres factores que la determinan, denominándolos Ethos, Logos y Pathos, que deben ser utilizados complementariamente para interesar y persuadir con efectividad a la audiencia.
El gran filósofo definió Ethos (término del cual se deriva la palabra ética) como la credibilidad que establece en su exposición aquel que habla o escribe. El carácter del expositor y su actitud hacia su audiencia forman las bases del atractivo de sus argumentos. El carácter es aquello que da valor a las ideas expuestas y se manifiesta demostrando tres características: inteligencia, virtud y buena intención. Mientras la inteligencia se evidencia a través del conocimiento exhibido sobre el tema, además de la lógica y del sentido común para tratarlo, la virtud y las buenas intenciones son comunicadas más bien por medio de la actitud que el expositor asume hacia su audiencia, expresándose a través del tono empleado, el cual transmite impresiones sobre su propio sentir.
Mediante el Logos, el expositor debe provocar, a través del razonamiento lógico y el empleo juicioso de datos, la atracción hacia el tema y el deseo de su comprensión.
Por su parte, a través del Pathos, también llamado atractivo emocional (del cual derivan las palabras empatía, simpatía y patético) se busca estimular y persuadir mediante el uso de las emociones. Para él, Aristóteles señala dos orígenes: el primero es la aenergia, es decir la energía que debe poner el expositor para despertar la pasión en los auditores, cuestión fundamental para incitarlos a la acción y, el segundo, es el empleo de un lenguaje apropiado, el cual debe ser natural, comprensible y correcto.
Finalmente y sin pretender enmendar la plana a Aristóteles, cosa que pocos siglos atrás me habría resultado caro, opino que no hay que olvidar que agregando estética al discurso, mediante la incorporación de belleza y elegancia a la forma en la que se desarrolla el Ethos, el Pathos y el Logos, se incrementa considerablemente su atractivo.
Y así pues, gracias a que no hicimos chistes a costa de gallegos, se ha terminado por intuir, ciertamente con gusto a poco pero con muchas yes, lo que de verdad son los alumnos y lo que ellos requieren de un profesor.
Osvaldo González Rojas.
Ex profesor del Área Electónica de la Sede Concepción de la UTFSM.
arropado por su familia y sus amigos, su destino, que también será el nuestro, algún día. D
Y AHORA SU NOMBRE ES MARIPOSA
AHORA SU NOMBRE ES MARIPOSA
Sé que esta historia de perros llevará alegría al corazón de muchos en la Sede...
Era de noche y lloviznaba cuando la vi por primera vez; con una de sus patitas delanteras increíblemente hinchada y deforme, sin duda como consecuencia de un atropello, se refugiaba junto a los talleres; no queriendo espantarla, me retiré con calma, pensando en lo triste que es la vida de un perro sin amo. No volví a saber de ella en semanas; cuando me la encontré de nuevo cojeaba ostensiblemente, pero estaba bonita y saludable; me sorprendí de lo discretamente que se las había arreglado para vivir en el entorno del casino durante tanto tiempo. Sin duda que su timidez y docilidad no sólo le habían granjeado simpatías y apoyo entre muchos funcionarios, sino que también la ayudaron a pasar inadvertida para aquellos que pudieran no haber tolerado su presencia. Sin embargo, la naturaleza llama y, tras algún fugaz canino romance, resultó preñada; cuando tuvo sus hijos, hace unos 3 meses, se puso al descubierto y sólo entonces se enteraron algunos que existía. Crió 6 bellos perritos, cuatro de los cuales fueron adoptados prontamente; las dos perritas restantes, de unos tres meses a diciembre, ya estaban ofrecidas y, mientras llegaba el momento de hacerlas partir, jugueteaban, como niñas que eran, en los prados de la Sede, alegrando con sus travesuras el espíritu de la mayoría de quienes las contemplaban, pero agriando el de unos pocos, supongo... Así debió ser, porque alguien decidió que debían irse; al fin y al cabo, es cierto, una universidad no es para animales. Y, bueno, como dar órdenes también es fácil, ya saben ustedes eso de que Herodes mandó a Pilatos y Pilatos mandó a su gente... que ayuda mucho a que todos pasen por inocentes y no carguen una conciencia que bien pudieran no tener, un mal día, entre gallos y medianoche, o mejor dicho, entre Navidad y Año Nuevo, el 28 de diciembre creo, un par de mandadas gentes consumaron la expulsión del Paraíso en el cual vivía la familia de perritas; bruscamente las hicieron cambiar el verde pasto, las flores, el alimento y el cariño del campus, por el tránsito y peligro de la avenida Colón, por la aridez de la Isla Rocuant y por el hambre y la sed del abandono. Fue una decisión y elección increíblemente cruel e infinitamente torpe. Cuando me enteré de la ausencia y destino de las cánidas, mi alma se angustió y me propuse intentar encontrarlas. Difícil tarea – dijo un amigo – el lugar en que las dejaron es terrible y ya ha pasado más de una semana... Deberías encomendarte a San Francisco... Y yo pensé, aunque no soy creyente, estoy seguro que ese Santo Varón estaría gustoso de ayudarme y así, prometiéndole una visita a Assis, si es que daba con las perritas, me lancé a su búsqueda...
La encontré enrolladita al sol, con la mirada perdida, como esperando que aquellos que la habían olvidado allí se acordarán que también a ellos les movía la cola cuando se acercaban; su rostro de perra, a pesar de la deshidratación y el hambre, se iluminó al verme, pero no tanto como el mío (siempre es así con estos animalitos... dan más alegrías de las que ellos reciben). De sus hijas no había rastros... Es de esperar que hayan terminado en buenas manos y no bajo las ruedas de los automóviles de la avenida Colón... Habría que confiar en que San Francisco las protegió también. Un par de voluntarios insistirán nuevamente en su búsqueda; no pierdo la esperanza de tener que ir a Assis...
Pareciera que esta aventura hubiese sido fácil, pero no lo fue tanto... últimamente, nada lo es para mi...
Ahora está en mi casa. Ha recibido el nombre de Mariposa, el cual no es una burla por el aleteo de sus orejas al caminar con sus tres patitas buenas. Ciertamente esto ha complicado un poco más mi vida... dentro de la casa ya vive Petunia, que no parece muy dispuesta a compartir su territorio; además, la perrilla insiste en no perderme pisada y allí donde yo voy, va ella, lo cual enerva aún más a Petunia... En fin, veremos, nos estamos adaptando mutuamente... Dos cosas son seguras eso sí: que allí donde ya comen cinco, podrán comer seis y que Mariposa no será nuevamente abandonada.
Sentí que había comenzado mal este año para mi: no acababa de terminar el 2004 cuando mi hijo fue notificado que cesaba en su trabajo; mi perra Barby, compañera de Petunia, murió el día 3 en una cirugía de urgencia; entremedio me enteré del estado de salud de Alfredo y, para colmo, supe que las perrillas de esta historia habían desaparecido... Así pues, mi cumpleaños del 9 de enero prometía ser más bien triste... Sin embargo, las cosas mejoraron bastante en un par de días: encontré a Mariposa; la cesantía mencionada parece que no durará mucho; ayer, con mis hijos, celebrando, recordamos más los momentos felices que nos dio Barby, que la tristeza de su muerte y, finalmente, he constatado que el querido Alfredo enfrenta, con filosofía de hombre sabio y arropado por su familia y sus amigos, su destino, que también será el nuestro, algún día. Después de todo, el 2005 no parece ir tan mal para mí; espero que para ustedes sea lo mejor posible también. ¡Feliz Año a todos, incluidos aquellos!
Osvaldo González Rojas.
PS: Pronto me retiraré de la Universidad; aprovecho de contárselos, con algo de pena, pero también con mucho cariño, por todos...
Lunes 10 de enero de 2005.
Sé que esta historia de perros llevará alegría al corazón de muchos en la Sede...
Era de noche y lloviznaba cuando la vi por primera vez; con una de sus patitas delanteras increíblemente hinchada y deforme, sin duda como consecuencia de un atropello, se refugiaba junto a los talleres; no queriendo espantarla, me retiré con calma, pensando en lo triste que es la vida de un perro sin amo. No volví a saber de ella en semanas; cuando me la encontré de nuevo cojeaba ostensiblemente, pero estaba bonita y saludable; me sorprendí de lo discretamente que se las había arreglado para vivir en el entorno del casino durante tanto tiempo. Sin duda que su timidez y docilidad no sólo le habían granjeado simpatías y apoyo entre muchos funcionarios, sino que también la ayudaron a pasar inadvertida para aquellos que pudieran no haber tolerado su presencia. Sin embargo, la naturaleza llama y, tras algún fugaz canino romance, resultó preñada; cuando tuvo sus hijos, hace unos 3 meses, se puso al descubierto y sólo entonces se enteraron algunos que existía. Crió 6 bellos perritos, cuatro de los cuales fueron adoptados prontamente; las dos perritas restantes, de unos tres meses a diciembre, ya estaban ofrecidas y, mientras llegaba el momento de hacerlas partir, jugueteaban, como niñas que eran, en los prados de la Sede, alegrando con sus travesuras el espíritu de la mayoría de quienes las contemplaban, pero agriando el de unos pocos, supongo... Así debió ser, porque alguien decidió que debían irse; al fin y al cabo, es cierto, una universidad no es para animales. Y, bueno, como dar órdenes también es fácil, ya saben ustedes eso de que Herodes mandó a Pilatos y Pilatos mandó a su gente... que ayuda mucho a que todos pasen por inocentes y no carguen una conciencia que bien pudieran no tener, un mal día, entre gallos y medianoche, o mejor dicho, entre Navidad y Año Nuevo, el 28 de diciembre creo, un par de mandadas gentes consumaron la expulsión del Paraíso en el cual vivía la familia de perritas; bruscamente las hicieron cambiar el verde pasto, las flores, el alimento y el cariño del campus, por el tránsito y peligro de la avenida Colón, por la aridez de la Isla Rocuant y por el hambre y la sed del abandono. Fue una decisión y elección increíblemente cruel e infinitamente torpe. Cuando me enteré de la ausencia y destino de las cánidas, mi alma se angustió y me propuse intentar encontrarlas. Difícil tarea – dijo un amigo – el lugar en que las dejaron es terrible y ya ha pasado más de una semana... Deberías encomendarte a San Francisco... Y yo pensé, aunque no soy creyente, estoy seguro que ese Santo Varón estaría gustoso de ayudarme y así, prometiéndole una visita a Assis, si es que daba con las perritas, me lancé a su búsqueda...
La encontré enrolladita al sol, con la mirada perdida, como esperando que aquellos que la habían olvidado allí se acordarán que también a ellos les movía la cola cuando se acercaban; su rostro de perra, a pesar de la deshidratación y el hambre, se iluminó al verme, pero no tanto como el mío (siempre es así con estos animalitos... dan más alegrías de las que ellos reciben). De sus hijas no había rastros... Es de esperar que hayan terminado en buenas manos y no bajo las ruedas de los automóviles de la avenida Colón... Habría que confiar en que San Francisco las protegió también. Un par de voluntarios insistirán nuevamente en su búsqueda; no pierdo la esperanza de tener que ir a Assis...
Pareciera que esta aventura hubiese sido fácil, pero no lo fue tanto... últimamente, nada lo es para mi...
Ahora está en mi casa. Ha recibido el nombre de Mariposa, el cual no es una burla por el aleteo de sus orejas al caminar con sus tres patitas buenas. Ciertamente esto ha complicado un poco más mi vida... dentro de la casa ya vive Petunia, que no parece muy dispuesta a compartir su territorio; además, la perrilla insiste en no perderme pisada y allí donde yo voy, va ella, lo cual enerva aún más a Petunia... En fin, veremos, nos estamos adaptando mutuamente... Dos cosas son seguras eso sí: que allí donde ya comen cinco, podrán comer seis y que Mariposa no será nuevamente abandonada.
Sentí que había comenzado mal este año para mi: no acababa de terminar el 2004 cuando mi hijo fue notificado que cesaba en su trabajo; mi perra Barby, compañera de Petunia, murió el día 3 en una cirugía de urgencia; entremedio me enteré del estado de salud de Alfredo y, para colmo, supe que las perrillas de esta historia habían desaparecido... Así pues, mi cumpleaños del 9 de enero prometía ser más bien triste... Sin embargo, las cosas mejoraron bastante en un par de días: encontré a Mariposa; la cesantía mencionada parece que no durará mucho; ayer, con mis hijos, celebrando, recordamos más los momentos felices que nos dio Barby, que la tristeza de su muerte y, finalmente, he constatado que el querido Alfredo enfrenta, con filosofía de hombre sabio y arropado por su familia y sus amigos, su destino, que también será el nuestro, algún día. Después de todo, el 2005 no parece ir tan mal para mí; espero que para ustedes sea lo mejor posible también. ¡Feliz Año a todos, incluidos aquellos!
Osvaldo González Rojas.
PS: Pronto me retiraré de la Universidad; aprovecho de contárselos, con algo de pena, pero también con mucho cariño, por todos...
Lunes 10 de enero de 2005.
Sunday, November 20, 2005
EL "EFECTO MOZART" EN LOS CANALES DEL SUR
EL EFECTO MOZART EN LOS CANALES DEL SUR
Las armónicas notas del concierto Nº3, para corno, de Wolfgang Amadeus Mozart, resonaban en mis oídos; el frío viento del sur y las esporádicas gotas de la omnipresente llovizna en esas latitudes, acariciaban mi rostro; el aroma y el sabor a mar, el grito de algunas gaviotas y la luz decadente del norte, que se colaba entre tormentosos nubarrones, inundaban mis sentidos y me transportaban a esferas espirituales difícilmente alcanzables en otros lugares del planeta. Mis ojos emulaban, como inefable expresión de felicidad, al húmedo y gris cielo. Las abrumadoras sensaciones físicas y la impresiones de pequeñez, soledad y felicidad que entonces invadían mi alma, sólo parecen posibles en las navegaciones por los canales del sur de Chile, allí donde nuestra geografía se desmembra en mil kilómetros de miríadas de misteriosas y verdes islas, siempre azotadas por el viento, la lluvia y el mar. Era nuestro segundo día de navegación en la motonave “Evangelistas”; habíamos zarpado de Puerto Chacabuco e iniciábamos la segunda fase del viaje que, al amanecer, culminaría en la Laguna San Rafael, cuyo anfiteatro, de azules y milenarios hielos, constituye una de las maravillas naturales que nos dejó como herencia el último período glacial. En ese crepúsculo que anunciaba la noche, envuelto en las mozartianas notas escondidas en mi diminuto “Walkman” Sony iba yo, solo y de pie en la cubierta superior de popa del barco, mientras los otros 350 pasajeros, ajenos a las sensaciones del exterior que embargaban de inefables emociones a mi alma, desparramaban sus huesos en 350 butacas, con los ojos cerrados o fijos en libros, en congéneres o en la diminuta pantalla de los televisores que relataban las maravillas de la navegación por esos canales y que ellos, supuestamente, habían venido a vivir.
Recuerde, cuando por allí vaya (¡porque tiene que hacerlo!) de ir muy abrigado y dispuesto a no perder ni un minuto de la más bella y continua película que la más espectacular geografía proyectará ante sus ojos. Lleve prismáticos; le permitirán invadir los bosques, los roqueríos y el horizonte, sin moverse de la cubierta de la nave que elija (el Ro-Ro “Evangelistas” está bien y es económico).
De pronto, sobresaltado, hube de retornar a este mundo al oír, junto a mí, la juvenil voz de una mujer preguntándome -¿qué está escuchando?; sorprendido y sin decir una palabra, me quité los audífonos y se los puse; permanecí a su lado, sin siquiera mirarla, mientras mi mente seguía los acordes de ese concierto que conozco bien. Unos minutos más tarde la oí sollozar; ¡vaya!, me dije, he aquí alguien a quien Mozart emociona tanto como a mí – y esa idea incrementó la intensidad de mi propio sentir. Varios minutos transcurrieron hasta que me creí capaz de interrumpir la privacidad de sus lágrimas y la miré; ella, quitándose los audífonos, dijo, a modo de justificación “es que tenía un hermano, al que le gustaba tanto esta música....” y, tras esa declaración, su sollozar se convirtió en un torrente de lágrimas. Me sentí impelido a abrazarla hasta que recuperó la serenidad suficiente como para explicarse. Contó entonces que había tenido un hermano, al que mucho quería y al que mucho extrañaba; largos minutos recordó instantes de su vida junto a él, evidenciando, con aquel pesar, un sentimiento común en estos casos y cuyo motivo es la impresión o la realidad de no haber dicho a la persona ida, tan frecuentemente como tras lo irreparable se hubiese deseado, que ella era amada y que todas aquellas palabras hirientes, esas que saltan de la boca en los momentos de ira, eran sólo producto del enojo pasajero y nada más. Dándome cuenta de su injustificado pero normal tormento intenté, durante largos minutos, hacerle comprender que su manera de sentir era usual en todos aquellos que tienen la desgracia de perder un ser querido, pero que era necesario asumir que todo aquello estaba ya en el pasado y que siendo imposible modificar la situación, debía conformarle el saber que las palabras violentas habían sido dichas en instantes de descontrol, en medio de aquellos casi necesarios conflictos entre seres humanos y, en particular, entre hermanos; insistí, reiteradamente, en la idea que, en este caso, aunque nada de lo dicho o hecho tenía ya remedio, el pasado y sus recuerdos estaban allí para mostrarle un camino menos duro hacia el futuro; le recordé que aún tenía a sus padres y a sus otros hermanos y que era con ellos, en primer lugar, con quienes debía aplicar las experiencias tan duramente adquiridas a través de esa desgracia; que era a ellos, ahora y en el futuro, a quienes debería expresarles, más frecuentemente, sus palabras y gestos de amor, esas palabras y gestos que la rutina o inexplicables inhibiciones, nos hacen ahorrar, a todos nosotros, como si nos fuese ajeno el hecho cierto que lo que tenemos hoy, ya no lo tendremos en algún momento del mañana; que era a sus seres queridos y a cualquier otro al que hubiese ofendido en un momento de ira o de inconsciencia, a quienes debería pedir disculpas ¡ahora!, mientras la vida lo hacía posible, en la certeza que el amor reflejado desde esos seres y la paz que cae al alma tras la acción correcta, es la mejor de las recompensas para nuestro propio espíritu. Esa larga e intima conversación, continuada al abrigo de la superestructura del navío, que nos protegía entonces de la incrementada llovizna, sirvió para recordar mis propios sentimientos, aquellos que experimenté tras la muerte de mis padres y también para terminar de exorcizar mis propios fantasmas, reforzando con ello mis propias convicciones, forjadas también en la dureza de los yunques en los que se construye la vida de cada cual.
Transcurridos los momentos más emotivos y de mayor elaboración racional, fue inevitable preguntarle, a mi joven y desconocida interlocutora, las circunstancias en las cuales había ocurrido la desgracia que dio motivo a nuestra charla; recibí entonces una serie de sorpresas que aún me intrigan. La primera fue enterarme que ella también vivía en Concepción y la segunda, darme cuenta, con inexpresable estupor, que yo había asistido al funeral de su hermano. Las razones por las cuales eso fue posible, requieren de una aclaración: verán, en un trágico choque, sucedido meses atrás en una brumosa mañana en el camino a Cabrero, habían muerto, además de quien hablamos, otros dos jóvenes ingenieros, uno de los cuales era vecino de mi barrio y conocido, por mí, desde niño; fue para confortar a sus padres y hermanas que concurrí al triple velorio y funeral, con los cuales las familias afectadas decidieron despedir a sus miembros. Confieso que las ceremonias fúnebres no son de mi agrado y que a ellas voy sólo por una inexcusable obligación; ello explica que, en esa ocasión, limitase mis contactos, exclusivamente, a aquellos necesarios para expresar mi pesar a los atribulados familiares del muchacho mencionado; quizás por eso también es que mi mente consciente no tenía registro alguno del rostro de esa jovencita que, a partir de ahora, llamaré Camila X. De más está decir que, hacerle presente este hecho, fue una gran sorpresa para ella también.
Desde entonces, esta especial y extraordinaria coincidencia, o como quieran llamarla, no termina de asombrarme y siempre la he considerado digna de ser relatada, no sólo por ser sorprendente, sino también porque he pensado que las reflexiones que ella motivó podrían ser de utilidad para otros. Piénsenlo una vez más, estábamos a bordo de un buque, entre otras 350 personas que se habían embarcado en Puerto Montt, navegando a 800 Km de Concepción y, allí, se había dado la especial casualidad de ese fortuito encuentro, en el cual la música de Mozart, sin duda, había sido fundamental para desencadenar el rico y emotivo proceso de comunicación que he relatado, entre dos personas ligadas, inconscientemente, por un triste suceso.
Al día siguiente, ya a la vista del famoso ventisquero azul y en una breve conversación tras los buenos días, Camila se sintió impulsada a agradecerme, no sólo por la charla de la pasada noche, sino que, especialmente, porque las circunstancias del encuentro le habían permitido llorar, por primera vez desde la muerte de su hermano; para justificarse ante mi extrañeza, explicó que siempre le era muy difícil exteriorizar sus sentimientos, cuestión que atribuía a la condición de no llorar, “porque los hombres no lloran”, que sus cuatro hermanos varones le imponían para incluirla en sus juegos. Más desde el interior de mi alma que a través de mis palabras, también le agradecí porque sentía que ello había sido, ya lo dije, importante para mí, importante para terminar de exorcizar mis propios sentimientos de pesar y para visualizar, con más claridad, las pistas de la senda que conduce a la madurez. Sin duda que ambos debíamos, también, un agradecimiento al joven músico de Salzburgo, cuyos armónicos acordes, forjados siglos atrás en su genial mente, nos habían predispuesto a vivir tan significativa y especial experiencia.
Podría terminar de contar esta anécdota aquí pero ella aún tiene un epílogo, un epílogo que es tan sorprendente como ella misma. Ya lo dije antes, desde que ocurrió, muchas veces relaté esta vivencia, más que nada para compartir las reflexiones aparejadas, pero también para reforzar mi opinión y certeza acerca del particular estado espiritual que la increíble belleza de esos sureños parajes infunde en sus visitantes. Así pues, dos años después, regresando de un largo viaje por Europa, me encontré, en una brumosa y fría tarde de julio, haciendo una latosa espera en el inhóspito terminal de vuelos nacionales del aeropuerto de Santiago. Repetidas y largas caminatas a lo largo del recinto, durante las varias horas que allí debía permanecer, me tenían cansado, friolento y aburrido; el gris helado del ambiente y los duros asientos de la sala de espera contrastaban con la cálida y cómoda atmósfera en la oficina de la Compañía de Teléfonos, bien complementada con la belleza de la promotora de las ventajas de la telefonía celular; ello me hizo ingresar a consultar por aparatos que creía no necesitar pero pronto hube de confesarle que estaba allí sólo porque ese era el lugar más acogedor y atractivo del recinto, especialmente después de tantas horas de avión (no olvidéis que me había desplazado a través de varios husos horarios, desde un hemisferio al otro y lo peor quizás, desde un cálido verano al brumoso invierno de Chile). Pronto comenzamos a hablar de viajes y a compartir experiencias; como tantas veces lo había pensado en las últimas semanas, expresé mis sentimientos acerca de lo maravilloso que era el extremo sur de nuestro país, el cual tanto había añorado, a veces, encontrándome en medio de la agitación y de la artificial belleza de las capitales europeas; pasar de allí a relatar algunas de mis encantadoras y sorprendentes aventuras sureñas fue natural y, por supuesto, me fue imposible no repetir la historia que han tenido la paciencia de leer. Sin dar nombres, la terminé como aquí lo hice, diciendo “… y, al día siguiente, la chica ésta me agradeció por la conversación que habíamos sostenido pero, más que nada, porque ella le había permitido llorar... etc, etc...”. Mi simpática interlocutora, con una expresión extraña en su rostro, se quedó mirándome y dijo, a modo de reflexión en voz alta “ sí pues, es que Camila X es así… Yo también estuve en el funeral de su hermano….” No creo que les sea posible imaginar mi sorpresa, ni tampoco las innumerables preguntas que mi mente se formuló; fue un momento desconcertante e increíblemente emotivo, del cual me tomó largos minutos recuperarme. Alicia, la señorita de los teléfonos, aclaró entonces que, siendo muy amiga de Camila, había viajado a Concepción al enterarse de la infausta noticia. ¿Otra coincidencia?, ¿otro juego del inconsciente?; mi escéptica mente me induce a creer que así debiera ser pero algo siembra la duda en ella; ¡es qué son demasiadas cosas raras!….Algo continúa intrigándome en todo este asunto….
La música, la más excelsa de las artes, que alcanza con sus maravillosas armonías las más recónditas profundidades de nuestra mente, sin razonamiento intermedio, tiene profundos efectos sobre nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Es conocida su cualidad terapéutica y su intensa acción sobre el espíritu (¡no sin razón su origen se encuentra asociado a la adoración de los dioses!). La música de Mozart, que muchos describen como la más rica en armonías, parece poseer una misteriosa capacidad para restablecer el equilibrio psicosomático y predisponer la mente del auditor para disfrutar de experiencias casi para-normales. Tal parece que las complejas estructuras armónicas que la conforman estimulan igualmente complejas conexiones neuronales, imposibles de producir de otro modo, con las más saludables consecuencias para los auditores; esto último es lo que se ha denominado “Efecto Mozart”, aún cuando no es exclusivo de su música.
Sin duda que fue una especial faceta del “Efecto Mozart” la que estuvo con nosotros aquel mágico anochecer en los canales del sur de Chile, para dejarnos una inolvidable y significativa huella en el alma.
Espero, cuando ustedes vayan por allí, que no sólo lleven prismáticos y “walkmans”, sino que también la mente y el espíritu muy alertas y preparados para recibir un posible toque de la batuta mágica, que los haga vivir y sentir lo que sólo en lugares de otro mundo, como esos, se puede vivir.
Osvaldo González Rojas.
.
Las armónicas notas del concierto Nº3, para corno, de Wolfgang Amadeus Mozart, resonaban en mis oídos; el frío viento del sur y las esporádicas gotas de la omnipresente llovizna en esas latitudes, acariciaban mi rostro; el aroma y el sabor a mar, el grito de algunas gaviotas y la luz decadente del norte, que se colaba entre tormentosos nubarrones, inundaban mis sentidos y me transportaban a esferas espirituales difícilmente alcanzables en otros lugares del planeta. Mis ojos emulaban, como inefable expresión de felicidad, al húmedo y gris cielo. Las abrumadoras sensaciones físicas y la impresiones de pequeñez, soledad y felicidad que entonces invadían mi alma, sólo parecen posibles en las navegaciones por los canales del sur de Chile, allí donde nuestra geografía se desmembra en mil kilómetros de miríadas de misteriosas y verdes islas, siempre azotadas por el viento, la lluvia y el mar. Era nuestro segundo día de navegación en la motonave “Evangelistas”; habíamos zarpado de Puerto Chacabuco e iniciábamos la segunda fase del viaje que, al amanecer, culminaría en la Laguna San Rafael, cuyo anfiteatro, de azules y milenarios hielos, constituye una de las maravillas naturales que nos dejó como herencia el último período glacial. En ese crepúsculo que anunciaba la noche, envuelto en las mozartianas notas escondidas en mi diminuto “Walkman” Sony iba yo, solo y de pie en la cubierta superior de popa del barco, mientras los otros 350 pasajeros, ajenos a las sensaciones del exterior que embargaban de inefables emociones a mi alma, desparramaban sus huesos en 350 butacas, con los ojos cerrados o fijos en libros, en congéneres o en la diminuta pantalla de los televisores que relataban las maravillas de la navegación por esos canales y que ellos, supuestamente, habían venido a vivir.
Recuerde, cuando por allí vaya (¡porque tiene que hacerlo!) de ir muy abrigado y dispuesto a no perder ni un minuto de la más bella y continua película que la más espectacular geografía proyectará ante sus ojos. Lleve prismáticos; le permitirán invadir los bosques, los roqueríos y el horizonte, sin moverse de la cubierta de la nave que elija (el Ro-Ro “Evangelistas” está bien y es económico).
De pronto, sobresaltado, hube de retornar a este mundo al oír, junto a mí, la juvenil voz de una mujer preguntándome -¿qué está escuchando?; sorprendido y sin decir una palabra, me quité los audífonos y se los puse; permanecí a su lado, sin siquiera mirarla, mientras mi mente seguía los acordes de ese concierto que conozco bien. Unos minutos más tarde la oí sollozar; ¡vaya!, me dije, he aquí alguien a quien Mozart emociona tanto como a mí – y esa idea incrementó la intensidad de mi propio sentir. Varios minutos transcurrieron hasta que me creí capaz de interrumpir la privacidad de sus lágrimas y la miré; ella, quitándose los audífonos, dijo, a modo de justificación “es que tenía un hermano, al que le gustaba tanto esta música....” y, tras esa declaración, su sollozar se convirtió en un torrente de lágrimas. Me sentí impelido a abrazarla hasta que recuperó la serenidad suficiente como para explicarse. Contó entonces que había tenido un hermano, al que mucho quería y al que mucho extrañaba; largos minutos recordó instantes de su vida junto a él, evidenciando, con aquel pesar, un sentimiento común en estos casos y cuyo motivo es la impresión o la realidad de no haber dicho a la persona ida, tan frecuentemente como tras lo irreparable se hubiese deseado, que ella era amada y que todas aquellas palabras hirientes, esas que saltan de la boca en los momentos de ira, eran sólo producto del enojo pasajero y nada más. Dándome cuenta de su injustificado pero normal tormento intenté, durante largos minutos, hacerle comprender que su manera de sentir era usual en todos aquellos que tienen la desgracia de perder un ser querido, pero que era necesario asumir que todo aquello estaba ya en el pasado y que siendo imposible modificar la situación, debía conformarle el saber que las palabras violentas habían sido dichas en instantes de descontrol, en medio de aquellos casi necesarios conflictos entre seres humanos y, en particular, entre hermanos; insistí, reiteradamente, en la idea que, en este caso, aunque nada de lo dicho o hecho tenía ya remedio, el pasado y sus recuerdos estaban allí para mostrarle un camino menos duro hacia el futuro; le recordé que aún tenía a sus padres y a sus otros hermanos y que era con ellos, en primer lugar, con quienes debía aplicar las experiencias tan duramente adquiridas a través de esa desgracia; que era a ellos, ahora y en el futuro, a quienes debería expresarles, más frecuentemente, sus palabras y gestos de amor, esas palabras y gestos que la rutina o inexplicables inhibiciones, nos hacen ahorrar, a todos nosotros, como si nos fuese ajeno el hecho cierto que lo que tenemos hoy, ya no lo tendremos en algún momento del mañana; que era a sus seres queridos y a cualquier otro al que hubiese ofendido en un momento de ira o de inconsciencia, a quienes debería pedir disculpas ¡ahora!, mientras la vida lo hacía posible, en la certeza que el amor reflejado desde esos seres y la paz que cae al alma tras la acción correcta, es la mejor de las recompensas para nuestro propio espíritu. Esa larga e intima conversación, continuada al abrigo de la superestructura del navío, que nos protegía entonces de la incrementada llovizna, sirvió para recordar mis propios sentimientos, aquellos que experimenté tras la muerte de mis padres y también para terminar de exorcizar mis propios fantasmas, reforzando con ello mis propias convicciones, forjadas también en la dureza de los yunques en los que se construye la vida de cada cual.
Transcurridos los momentos más emotivos y de mayor elaboración racional, fue inevitable preguntarle, a mi joven y desconocida interlocutora, las circunstancias en las cuales había ocurrido la desgracia que dio motivo a nuestra charla; recibí entonces una serie de sorpresas que aún me intrigan. La primera fue enterarme que ella también vivía en Concepción y la segunda, darme cuenta, con inexpresable estupor, que yo había asistido al funeral de su hermano. Las razones por las cuales eso fue posible, requieren de una aclaración: verán, en un trágico choque, sucedido meses atrás en una brumosa mañana en el camino a Cabrero, habían muerto, además de quien hablamos, otros dos jóvenes ingenieros, uno de los cuales era vecino de mi barrio y conocido, por mí, desde niño; fue para confortar a sus padres y hermanas que concurrí al triple velorio y funeral, con los cuales las familias afectadas decidieron despedir a sus miembros. Confieso que las ceremonias fúnebres no son de mi agrado y que a ellas voy sólo por una inexcusable obligación; ello explica que, en esa ocasión, limitase mis contactos, exclusivamente, a aquellos necesarios para expresar mi pesar a los atribulados familiares del muchacho mencionado; quizás por eso también es que mi mente consciente no tenía registro alguno del rostro de esa jovencita que, a partir de ahora, llamaré Camila X. De más está decir que, hacerle presente este hecho, fue una gran sorpresa para ella también.
Desde entonces, esta especial y extraordinaria coincidencia, o como quieran llamarla, no termina de asombrarme y siempre la he considerado digna de ser relatada, no sólo por ser sorprendente, sino también porque he pensado que las reflexiones que ella motivó podrían ser de utilidad para otros. Piénsenlo una vez más, estábamos a bordo de un buque, entre otras 350 personas que se habían embarcado en Puerto Montt, navegando a 800 Km de Concepción y, allí, se había dado la especial casualidad de ese fortuito encuentro, en el cual la música de Mozart, sin duda, había sido fundamental para desencadenar el rico y emotivo proceso de comunicación que he relatado, entre dos personas ligadas, inconscientemente, por un triste suceso.
Al día siguiente, ya a la vista del famoso ventisquero azul y en una breve conversación tras los buenos días, Camila se sintió impulsada a agradecerme, no sólo por la charla de la pasada noche, sino que, especialmente, porque las circunstancias del encuentro le habían permitido llorar, por primera vez desde la muerte de su hermano; para justificarse ante mi extrañeza, explicó que siempre le era muy difícil exteriorizar sus sentimientos, cuestión que atribuía a la condición de no llorar, “porque los hombres no lloran”, que sus cuatro hermanos varones le imponían para incluirla en sus juegos. Más desde el interior de mi alma que a través de mis palabras, también le agradecí porque sentía que ello había sido, ya lo dije, importante para mí, importante para terminar de exorcizar mis propios sentimientos de pesar y para visualizar, con más claridad, las pistas de la senda que conduce a la madurez. Sin duda que ambos debíamos, también, un agradecimiento al joven músico de Salzburgo, cuyos armónicos acordes, forjados siglos atrás en su genial mente, nos habían predispuesto a vivir tan significativa y especial experiencia.
Podría terminar de contar esta anécdota aquí pero ella aún tiene un epílogo, un epílogo que es tan sorprendente como ella misma. Ya lo dije antes, desde que ocurrió, muchas veces relaté esta vivencia, más que nada para compartir las reflexiones aparejadas, pero también para reforzar mi opinión y certeza acerca del particular estado espiritual que la increíble belleza de esos sureños parajes infunde en sus visitantes. Así pues, dos años después, regresando de un largo viaje por Europa, me encontré, en una brumosa y fría tarde de julio, haciendo una latosa espera en el inhóspito terminal de vuelos nacionales del aeropuerto de Santiago. Repetidas y largas caminatas a lo largo del recinto, durante las varias horas que allí debía permanecer, me tenían cansado, friolento y aburrido; el gris helado del ambiente y los duros asientos de la sala de espera contrastaban con la cálida y cómoda atmósfera en la oficina de la Compañía de Teléfonos, bien complementada con la belleza de la promotora de las ventajas de la telefonía celular; ello me hizo ingresar a consultar por aparatos que creía no necesitar pero pronto hube de confesarle que estaba allí sólo porque ese era el lugar más acogedor y atractivo del recinto, especialmente después de tantas horas de avión (no olvidéis que me había desplazado a través de varios husos horarios, desde un hemisferio al otro y lo peor quizás, desde un cálido verano al brumoso invierno de Chile). Pronto comenzamos a hablar de viajes y a compartir experiencias; como tantas veces lo había pensado en las últimas semanas, expresé mis sentimientos acerca de lo maravilloso que era el extremo sur de nuestro país, el cual tanto había añorado, a veces, encontrándome en medio de la agitación y de la artificial belleza de las capitales europeas; pasar de allí a relatar algunas de mis encantadoras y sorprendentes aventuras sureñas fue natural y, por supuesto, me fue imposible no repetir la historia que han tenido la paciencia de leer. Sin dar nombres, la terminé como aquí lo hice, diciendo “… y, al día siguiente, la chica ésta me agradeció por la conversación que habíamos sostenido pero, más que nada, porque ella le había permitido llorar... etc, etc...”. Mi simpática interlocutora, con una expresión extraña en su rostro, se quedó mirándome y dijo, a modo de reflexión en voz alta “ sí pues, es que Camila X es así… Yo también estuve en el funeral de su hermano….” No creo que les sea posible imaginar mi sorpresa, ni tampoco las innumerables preguntas que mi mente se formuló; fue un momento desconcertante e increíblemente emotivo, del cual me tomó largos minutos recuperarme. Alicia, la señorita de los teléfonos, aclaró entonces que, siendo muy amiga de Camila, había viajado a Concepción al enterarse de la infausta noticia. ¿Otra coincidencia?, ¿otro juego del inconsciente?; mi escéptica mente me induce a creer que así debiera ser pero algo siembra la duda en ella; ¡es qué son demasiadas cosas raras!….Algo continúa intrigándome en todo este asunto….
La música, la más excelsa de las artes, que alcanza con sus maravillosas armonías las más recónditas profundidades de nuestra mente, sin razonamiento intermedio, tiene profundos efectos sobre nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Es conocida su cualidad terapéutica y su intensa acción sobre el espíritu (¡no sin razón su origen se encuentra asociado a la adoración de los dioses!). La música de Mozart, que muchos describen como la más rica en armonías, parece poseer una misteriosa capacidad para restablecer el equilibrio psicosomático y predisponer la mente del auditor para disfrutar de experiencias casi para-normales. Tal parece que las complejas estructuras armónicas que la conforman estimulan igualmente complejas conexiones neuronales, imposibles de producir de otro modo, con las más saludables consecuencias para los auditores; esto último es lo que se ha denominado “Efecto Mozart”, aún cuando no es exclusivo de su música.
Sin duda que fue una especial faceta del “Efecto Mozart” la que estuvo con nosotros aquel mágico anochecer en los canales del sur de Chile, para dejarnos una inolvidable y significativa huella en el alma.
Espero, cuando ustedes vayan por allí, que no sólo lleven prismáticos y “walkmans”, sino que también la mente y el espíritu muy alertas y preparados para recibir un posible toque de la batuta mágica, que los haga vivir y sentir lo que sólo en lugares de otro mundo, como esos, se puede vivir.
Osvaldo González Rojas.
.
Sunday, October 02, 2005
EL SÍNDROME DE FLORENCIA
EL SÍNDROME DE FLORENCIA
Un sindrome (mi computador me insinúa que escriba síndrome) es descrito en la ciencia médica como “un conjunto de síntomas que caracterizan a una enfermedad”. Sin duda que han oído ustedes del Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida pero quizás no sea así en los casos del Síndrome de China, del Síndrome de Jerusalén o del Síndrome de Florencia.
El Síndrome de China estuvo muy de moda junto con una película del mismo nombre; en ella, el protagonista principal (porque sin él no habría habido trama alguna...) era un reactor nuclear que se ponía muy caliente y amenazaba con derretir el suelo, sobre el cual estaba asentado, para enterrarse luego en él y bajo la acción de la gravedad, perforar el planeta hasta salir por el otro lado, es decir, por China. Esto último sería imposible, por varias razones, pero la idea igual da origen al nombre del conjunto de síntomas asociados a un reactor que comienza a ponerse fuera de control y que, al menos, podría intentar el inicio de tan cálido y extraño viaje.
El Síndrome de Jerusalén es también un conjunto de síntomas, pero fisiológicos, como los de una enfermedad, que afecta a ciertos creyentes cristianos de visita en ese santo lugar; a esas personas, el saber que caminan sobre la tierra que pisó Jesús les provoca una experiencia mística, de tal magnitud, que altera sus organismos, al punto que requieren de tratamiento médico para recuperar la normalidad.
Los efectos del Síndrome de Florencia son similares al del anterior pero los sufren aquellos individuos estéticamente muy sensibles, que resultan abrumados por la belleza y armonía distribuidas en esa ciudad y especialmente concentradas en sus magníficos museos e iglesias; tal como el de Jerusalén, puede llegar a requerir tratamiento médico aunque, por lo general, basta con abandonar tan bello entorno para que la anormal sintomatología desaparezca.
Creo que también debería existir un Síndrome de Talcahuano, cuyas causas, sin embargo, serían muy diferentes de las anteriores...
En realidad, confieso que he traído a colación esto de los síndromes para poder contarles que, en cierta ocasión, estuve a punto de ser afectado por el de Florencia, tal y como leerán a continuación.
Una cálida y húmeda tarde de Septiembre, tras varios días de disfrutar largamente de la armonía, la genialidad y la belleza contenida en los museos y calles de esa ciudad, fui a dar, un poco por casualidad, a la Iglesia de la Santa Croce, al fondo de la Piazza del mismo nombre; demasiado cansado ya para pensar o tomar decisiones propias había seguido a un grupo de turistas que caminaban, con aire de saber adonde iban, por una de las estrechas callejuelas florentinas. Comenzaba a llover entonces e ingresar al templo, sin saber o sin recordar lo que habría de encontrar en él, fue imperioso. No bien lo hice, sufrí la primera de la sorprendente serie de intensas emociones que ese lugar me habría de deparar. Tras cruzar la puerta, a mano derecha, me encontré, frente a frente, con la tumba de Miguel Angel (¡de Miguel Angel!, ¡justo después de haberme dado un festín con sus obras en la Galleria del’Accademia!). Naturalmente que me sentí impelido a pensar un agradecimiento para el gran hombre y a expresarle, en silencio pero igual con la garganta apretada, mi admiración por su obra. Con el corazón ya acelerado y siguiendo con el descubrimiento de aquella iglesia vi, algo más allá, otro bello monumento bajo el cual supuse enterrado a Dante Alighieri; la emoción de esa idea me sacó la promesa de mejorar mi comprensión del italiano para ser capaz de leer La Divina Commedia, en su lengua original (el hecho que me enterase después que se trataba sólo de un cenotafio, no ha modificado ni un ápice ese buen propósito). Avanzando luego, en medio de obras de Canova, Donatello y Giotto, se me apareció el gran monumento a la memoria de Maquiavelo y aquí, aunque estaríamos llegando al punto preciso, déjenme todavía contarles lo que siguió. Muy cerca del altar está la tumba de Gioachino Rossini y, del otro lado de la nave central, aparte de otra serie de sepulcros de grandes italianos, una colección de placas conmemorativas en honor de Leonardo da Vinci (¡!), de Alessandro Volta, de Enrico Fermi y de Gugielmo Marconi (¡de Marconi!, el inventor de las radiocomunicaciones, el hombre que inició la ciencia y la tecnología que se constituyó en una de mis aficiones y también en la profesión de mi vida). Es posible que aún les sea difícil imaginar el estado emocional y psicológico en el que a esa altura me encontraba, pero lo comprenderán mejor cuando les diga que mis ojos se llenaron de lágrimas cuando, casi al salir, me vi frente a la tumba de Galileo Galilei; poco faltó allí para que cayera de hinojos, expresando mi admiración y también mi modesta y solidaria disculpa por la incomprensión de los hombres de su época (felizmente, la Iglesia Católica, en la voz del Papa, reconoció ya, oficialmente pero con 400 años de retraso, su equivocación en este caso y lavó así, con su arrepentimiento, esa histórica injusticia).
Aún llovía cuando abandoné la basílica pero no me importó, yo iba “en otra”, como dentro de una burbuja y disfrutando de los pródromos del Síndrome de Florencia.
Pero, la verdad es que, a pesar del título de este artículo, no era de síndromes de lo que deseaba escribir en él sino que de Maquiavelo, de Nicolás Bernardo de Maquiavelo y de los maquiavélicos.
Nicolás Bernardo nació en Florencia en 1469 y durante 40 de los 58 años que duró su vida, desplegó una sobresaliente actividad política y diplomática, que lo hizo pasar desde las alturas a la cárcel y de allí, de vuelta a las primeras. Durante su período de reclusión, se reveló como un brillante escritor, siendo sus dos obras más notables, “Discursos sobre Tito Livio” y “El Príncipe”. Es especialmente en esta última (que confieso no haber leído...) en la que desarrolla sus pensamientos sobre la política, intentando vender la idea que en ella el éxito lo es todo, independiente de los medios que se emplee para lograrlo (la frase “el fin justifica los medios”, resume admirablemente bien su posición al respecto). Maquiavelo es recordado como un político y diplomático acomodaticio y pérfido, cuya mayor virtud (desde el punto de vista de Florencia, por supuesto...) fue trabajar, bajo sus originales principios rectores, por la preeminencia y el bienestar económico de su ciudad.
Maquiavélicos son, según el diccionario, quienes siguen los principios e ideas de don Nicolás y actúan en el ámbito político con astucia, doblez y perfidia. Pero, para hacer justicia a don Nicolás Bernardo, a quien su ciudad le ha levantado varios monumentos, hay que aclarar que no todos los que actúan con astucia, doblez y perfidia son propiamente maquiavélicos, pues muchos lo hacen sólo pensando en el bien propio y a esos, ninguna ciudad les levantará monumentos.
Osvaldo González Rojas
Un sindrome (mi computador me insinúa que escriba síndrome) es descrito en la ciencia médica como “un conjunto de síntomas que caracterizan a una enfermedad”. Sin duda que han oído ustedes del Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida pero quizás no sea así en los casos del Síndrome de China, del Síndrome de Jerusalén o del Síndrome de Florencia.
El Síndrome de China estuvo muy de moda junto con una película del mismo nombre; en ella, el protagonista principal (porque sin él no habría habido trama alguna...) era un reactor nuclear que se ponía muy caliente y amenazaba con derretir el suelo, sobre el cual estaba asentado, para enterrarse luego en él y bajo la acción de la gravedad, perforar el planeta hasta salir por el otro lado, es decir, por China. Esto último sería imposible, por varias razones, pero la idea igual da origen al nombre del conjunto de síntomas asociados a un reactor que comienza a ponerse fuera de control y que, al menos, podría intentar el inicio de tan cálido y extraño viaje.
El Síndrome de Jerusalén es también un conjunto de síntomas, pero fisiológicos, como los de una enfermedad, que afecta a ciertos creyentes cristianos de visita en ese santo lugar; a esas personas, el saber que caminan sobre la tierra que pisó Jesús les provoca una experiencia mística, de tal magnitud, que altera sus organismos, al punto que requieren de tratamiento médico para recuperar la normalidad.
Los efectos del Síndrome de Florencia son similares al del anterior pero los sufren aquellos individuos estéticamente muy sensibles, que resultan abrumados por la belleza y armonía distribuidas en esa ciudad y especialmente concentradas en sus magníficos museos e iglesias; tal como el de Jerusalén, puede llegar a requerir tratamiento médico aunque, por lo general, basta con abandonar tan bello entorno para que la anormal sintomatología desaparezca.
Creo que también debería existir un Síndrome de Talcahuano, cuyas causas, sin embargo, serían muy diferentes de las anteriores...
En realidad, confieso que he traído a colación esto de los síndromes para poder contarles que, en cierta ocasión, estuve a punto de ser afectado por el de Florencia, tal y como leerán a continuación.
Una cálida y húmeda tarde de Septiembre, tras varios días de disfrutar largamente de la armonía, la genialidad y la belleza contenida en los museos y calles de esa ciudad, fui a dar, un poco por casualidad, a la Iglesia de la Santa Croce, al fondo de la Piazza del mismo nombre; demasiado cansado ya para pensar o tomar decisiones propias había seguido a un grupo de turistas que caminaban, con aire de saber adonde iban, por una de las estrechas callejuelas florentinas. Comenzaba a llover entonces e ingresar al templo, sin saber o sin recordar lo que habría de encontrar en él, fue imperioso. No bien lo hice, sufrí la primera de la sorprendente serie de intensas emociones que ese lugar me habría de deparar. Tras cruzar la puerta, a mano derecha, me encontré, frente a frente, con la tumba de Miguel Angel (¡de Miguel Angel!, ¡justo después de haberme dado un festín con sus obras en la Galleria del’Accademia!). Naturalmente que me sentí impelido a pensar un agradecimiento para el gran hombre y a expresarle, en silencio pero igual con la garganta apretada, mi admiración por su obra. Con el corazón ya acelerado y siguiendo con el descubrimiento de aquella iglesia vi, algo más allá, otro bello monumento bajo el cual supuse enterrado a Dante Alighieri; la emoción de esa idea me sacó la promesa de mejorar mi comprensión del italiano para ser capaz de leer La Divina Commedia, en su lengua original (el hecho que me enterase después que se trataba sólo de un cenotafio, no ha modificado ni un ápice ese buen propósito). Avanzando luego, en medio de obras de Canova, Donatello y Giotto, se me apareció el gran monumento a la memoria de Maquiavelo y aquí, aunque estaríamos llegando al punto preciso, déjenme todavía contarles lo que siguió. Muy cerca del altar está la tumba de Gioachino Rossini y, del otro lado de la nave central, aparte de otra serie de sepulcros de grandes italianos, una colección de placas conmemorativas en honor de Leonardo da Vinci (¡!), de Alessandro Volta, de Enrico Fermi y de Gugielmo Marconi (¡de Marconi!, el inventor de las radiocomunicaciones, el hombre que inició la ciencia y la tecnología que se constituyó en una de mis aficiones y también en la profesión de mi vida). Es posible que aún les sea difícil imaginar el estado emocional y psicológico en el que a esa altura me encontraba, pero lo comprenderán mejor cuando les diga que mis ojos se llenaron de lágrimas cuando, casi al salir, me vi frente a la tumba de Galileo Galilei; poco faltó allí para que cayera de hinojos, expresando mi admiración y también mi modesta y solidaria disculpa por la incomprensión de los hombres de su época (felizmente, la Iglesia Católica, en la voz del Papa, reconoció ya, oficialmente pero con 400 años de retraso, su equivocación en este caso y lavó así, con su arrepentimiento, esa histórica injusticia).
Aún llovía cuando abandoné la basílica pero no me importó, yo iba “en otra”, como dentro de una burbuja y disfrutando de los pródromos del Síndrome de Florencia.
Pero, la verdad es que, a pesar del título de este artículo, no era de síndromes de lo que deseaba escribir en él sino que de Maquiavelo, de Nicolás Bernardo de Maquiavelo y de los maquiavélicos.
Nicolás Bernardo nació en Florencia en 1469 y durante 40 de los 58 años que duró su vida, desplegó una sobresaliente actividad política y diplomática, que lo hizo pasar desde las alturas a la cárcel y de allí, de vuelta a las primeras. Durante su período de reclusión, se reveló como un brillante escritor, siendo sus dos obras más notables, “Discursos sobre Tito Livio” y “El Príncipe”. Es especialmente en esta última (que confieso no haber leído...) en la que desarrolla sus pensamientos sobre la política, intentando vender la idea que en ella el éxito lo es todo, independiente de los medios que se emplee para lograrlo (la frase “el fin justifica los medios”, resume admirablemente bien su posición al respecto). Maquiavelo es recordado como un político y diplomático acomodaticio y pérfido, cuya mayor virtud (desde el punto de vista de Florencia, por supuesto...) fue trabajar, bajo sus originales principios rectores, por la preeminencia y el bienestar económico de su ciudad.
Maquiavélicos son, según el diccionario, quienes siguen los principios e ideas de don Nicolás y actúan en el ámbito político con astucia, doblez y perfidia. Pero, para hacer justicia a don Nicolás Bernardo, a quien su ciudad le ha levantado varios monumentos, hay que aclarar que no todos los que actúan con astucia, doblez y perfidia son propiamente maquiavélicos, pues muchos lo hacen sólo pensando en el bien propio y a esos, ninguna ciudad les levantará monumentos.
Osvaldo González Rojas
LA AROMATECA Y LOS AROMAS
LA AROMATECA Y LOS AROMAS
Osvaldo González Rojas
Nada hay más evocador que los aromas; tal pareciera que el cerebro sólo espera que la membrana pituitaria reciba el estímulo de las pequeñas moléculas odoríferas para desencadenar el proceso rememorador que hace volar la mente hacia atrás, hacia lugares, personas y situaciones que creíamos olvidados. Tengo, en mi caso, la fortuna de conservar, todavía, un pequeño frasco del perfume que usaba mi madre, fallecida hace ya 30 años; sólo abrirlo, cerrar los ojos y aspirar, para que lágrimas, no de pena, rueden por mis mejillas y me sienta niño otra vez. Ojalá tuviese también un frasco con el aroma que percibía en las manos de mi padre, mezcla de tabaco y del suyo propio, cuando me lavaba la cara, siendo yo muy pequeño. Reconstituir tal olor fue lo que creí posible al descubrir la aromateca de Sephora pero, aunque nadé más de una hora entre decenas de aromas de flores, de lápices de mina, de bolsones de colegio, de tabacos y de lo más inimaginable, fue imposible siquiera aproximarme a él - es demasiado personal monsieur – me dijo la demoiselle de los olores. No me importó mucho, en verdad; ese es un recuerdo tan grato y tan indeleblemente grabado en mi mente, que me basta pensar en él para casi experimentar la sensación física real. ¡Y es que los aromas están inscritos en nuestros genes!; están allí desde que vivíamos de la tierra y junto a ella, desde la época en que reconocíamos a nuestros amigos y enemigos por su olor, desde la época en la cual no había jabón ni desodorante y en la que el olor natural de hombres y mujeres servía de claro estímulo sexual. Los aromas nos hacen volver a la tierra y a la naturaleza, al musgo y al bosque, a los animales y a las flores; nos relajan y nos estimulan; despiertan sentimientos y recuerdos dormidos desde la noche de los tiempos y llenan nuestra mente de colores, sin la ayuda de los ojos.
Los aromas sacuden también a los otros sentidos y a nuestros apetitos. Comidas sin olor hay pero ¿qué gracia tienen?; sólo imaginar los vibrantes vapores que escapan de un caldillo de congrio, de un curanto o de un modesto plato de humitas calientes, basta para producir un efluvio de jugos gástricos que preparan el cuerpo y el espíritu para el disfrute que siempre debiera acompañar al proceso de la alimentación.
Sí, así es, los perfumistas saben todo aquello y por eso es que procuran revivir nuestras aletargadas pituitarias con sus alquímicas mezclas pero bueno sería volver al origen y no olvidar las aguas y el aire, la tierra y los seres que la pueblan, abundantes en fragancias naturales; ¡la verdadera aromateca está allí!
Es una real pena que con la edad perdamos no sólo la homeostásis, sino que también la sensibilidad; ello y la saturada y contaminada atmósfera citadina nos ha hecho olvidar la importancia que tuvieron los olores en nuestra niñez y juventud, nos ha hecho menospreciar incluso la importancia de los aromas en el sexo y el amor. Reflexionaba en esto con ocasión de una curiosa experiencia olfatoria y visual que tuve recientemente en Praga. Supongo que han escuchado ustedes que los rinocerontes tienen muy mala vista pero excelente olfato y por eso es que los hombres que los cazan, estudian u observan deben aproximarse a ellos en contra del viento (recuérdenlo la próxima vez que vayan al Africa); dicen, al respecto, que para este animalito y supongo que es lo mismo para muchos otros también, sus enemigos, o sus hembras, son una especie de esferas odoríferas más que imágenes; bueno, pero para mí, no fue exactamente eso lo eso lo que sucedió con Klára, la joven y rubia praguense que, a la sombra de la Torre del Reloj, exhibía su armónica anatomía y pregonaba su existencia a los cuatro vientos de la Plaza de la Ciudad Vieja. Ella era, además de una bella imagen, una esfera, una atractiva y erótica esfera de aroma axilar fresco, que me habría hecho saber su femenina presencia, aunque hubiese tenido mis ojos cerrados. ¡Qué asco y qué desagradable!, pensarán ustedes, ¡pero es qué ustedes no estaban allí! y no comprenden que aquel mensaje químico estaba cumpliendo su tarea, comunicándole a mi cerebro y al de los otros hombres en el entorno, que ella estaba allí y que, probablemente además, su juvenil cuerpo femenino estaba fértil (si hubiese sido un animal-hembra, podríamos haber dicho “en celo”). Sí, fue muy grato aproximarme, conversar con ella y olerla. Sólo lamento que se haya sentido visiblemente frustrada al saber mi respuesta a su pregunta, hecha con los ojos entrecerrados por el esfuerzo de recordar algo que creía saber, - ¿...y quién es el Presidente de Chile?... (ella esperaba escuchar “Pinochet”). Tuve que aclararle que esos tiempos casi habían terminado y que ahora, después de Aylwin, la mayoría de la gente decía sentirse aún más alegre y más frei con Frei.
Pero no siempre los aromas corporales debidos a la falta de higiene diaria o al no uso del desodorante son tan gratos. Por desgracia, el empleo de ropa y de sistemas de calefacción provoca la multiplicación acelerada de las bacterias que descomponen el sudor y por ello, la experiencia de oler humanos, de cualquier sexo, puede llegar a ser insufrible. Tal cosa era muy común, años atrás, en ciertos países de Europa: subir a un tranvía o al metro, viajar en bus o participar de una reunión social, podía ser una ocasión de lo más desagradable y más de algún terrible recuerdo tengo, pero parece que todo aquello tiende a desaparecer; la publicidad y el buen gusto imponen, en todas partes, la necesidad de ser inodoros u olientes a flores, a almizcles, a musgos o a tabaco pero menos a nosotros mismos; y en esto, por desgracia, a veces se exagera y también se hace mezclas incompatibles, ¿habrá combinación de aromas más contrapuestamente desagradable que la que se produce con los desodorantes femeninos íntimos?, no lo creo... quizás el oloroso caldillo de congrio aliñado con Chanel Nº5... quizás... . No, ¡no!, !mejor no exagerar!, perfumarse sí, pero no tanto.
Sephora y su aromateca, Avenida de los Campos Elíseos 54, en París, naturellement.
Osvaldo González Rojas
Nada hay más evocador que los aromas; tal pareciera que el cerebro sólo espera que la membrana pituitaria reciba el estímulo de las pequeñas moléculas odoríferas para desencadenar el proceso rememorador que hace volar la mente hacia atrás, hacia lugares, personas y situaciones que creíamos olvidados. Tengo, en mi caso, la fortuna de conservar, todavía, un pequeño frasco del perfume que usaba mi madre, fallecida hace ya 30 años; sólo abrirlo, cerrar los ojos y aspirar, para que lágrimas, no de pena, rueden por mis mejillas y me sienta niño otra vez. Ojalá tuviese también un frasco con el aroma que percibía en las manos de mi padre, mezcla de tabaco y del suyo propio, cuando me lavaba la cara, siendo yo muy pequeño. Reconstituir tal olor fue lo que creí posible al descubrir la aromateca de Sephora pero, aunque nadé más de una hora entre decenas de aromas de flores, de lápices de mina, de bolsones de colegio, de tabacos y de lo más inimaginable, fue imposible siquiera aproximarme a él - es demasiado personal monsieur – me dijo la demoiselle de los olores. No me importó mucho, en verdad; ese es un recuerdo tan grato y tan indeleblemente grabado en mi mente, que me basta pensar en él para casi experimentar la sensación física real. ¡Y es que los aromas están inscritos en nuestros genes!; están allí desde que vivíamos de la tierra y junto a ella, desde la época en que reconocíamos a nuestros amigos y enemigos por su olor, desde la época en la cual no había jabón ni desodorante y en la que el olor natural de hombres y mujeres servía de claro estímulo sexual. Los aromas nos hacen volver a la tierra y a la naturaleza, al musgo y al bosque, a los animales y a las flores; nos relajan y nos estimulan; despiertan sentimientos y recuerdos dormidos desde la noche de los tiempos y llenan nuestra mente de colores, sin la ayuda de los ojos.
Los aromas sacuden también a los otros sentidos y a nuestros apetitos. Comidas sin olor hay pero ¿qué gracia tienen?; sólo imaginar los vibrantes vapores que escapan de un caldillo de congrio, de un curanto o de un modesto plato de humitas calientes, basta para producir un efluvio de jugos gástricos que preparan el cuerpo y el espíritu para el disfrute que siempre debiera acompañar al proceso de la alimentación.
Sí, así es, los perfumistas saben todo aquello y por eso es que procuran revivir nuestras aletargadas pituitarias con sus alquímicas mezclas pero bueno sería volver al origen y no olvidar las aguas y el aire, la tierra y los seres que la pueblan, abundantes en fragancias naturales; ¡la verdadera aromateca está allí!
Es una real pena que con la edad perdamos no sólo la homeostásis, sino que también la sensibilidad; ello y la saturada y contaminada atmósfera citadina nos ha hecho olvidar la importancia que tuvieron los olores en nuestra niñez y juventud, nos ha hecho menospreciar incluso la importancia de los aromas en el sexo y el amor. Reflexionaba en esto con ocasión de una curiosa experiencia olfatoria y visual que tuve recientemente en Praga. Supongo que han escuchado ustedes que los rinocerontes tienen muy mala vista pero excelente olfato y por eso es que los hombres que los cazan, estudian u observan deben aproximarse a ellos en contra del viento (recuérdenlo la próxima vez que vayan al Africa); dicen, al respecto, que para este animalito y supongo que es lo mismo para muchos otros también, sus enemigos, o sus hembras, son una especie de esferas odoríferas más que imágenes; bueno, pero para mí, no fue exactamente eso lo eso lo que sucedió con Klára, la joven y rubia praguense que, a la sombra de la Torre del Reloj, exhibía su armónica anatomía y pregonaba su existencia a los cuatro vientos de la Plaza de la Ciudad Vieja. Ella era, además de una bella imagen, una esfera, una atractiva y erótica esfera de aroma axilar fresco, que me habría hecho saber su femenina presencia, aunque hubiese tenido mis ojos cerrados. ¡Qué asco y qué desagradable!, pensarán ustedes, ¡pero es qué ustedes no estaban allí! y no comprenden que aquel mensaje químico estaba cumpliendo su tarea, comunicándole a mi cerebro y al de los otros hombres en el entorno, que ella estaba allí y que, probablemente además, su juvenil cuerpo femenino estaba fértil (si hubiese sido un animal-hembra, podríamos haber dicho “en celo”). Sí, fue muy grato aproximarme, conversar con ella y olerla. Sólo lamento que se haya sentido visiblemente frustrada al saber mi respuesta a su pregunta, hecha con los ojos entrecerrados por el esfuerzo de recordar algo que creía saber, - ¿...y quién es el Presidente de Chile?... (ella esperaba escuchar “Pinochet”). Tuve que aclararle que esos tiempos casi habían terminado y que ahora, después de Aylwin, la mayoría de la gente decía sentirse aún más alegre y más frei con Frei.
Pero no siempre los aromas corporales debidos a la falta de higiene diaria o al no uso del desodorante son tan gratos. Por desgracia, el empleo de ropa y de sistemas de calefacción provoca la multiplicación acelerada de las bacterias que descomponen el sudor y por ello, la experiencia de oler humanos, de cualquier sexo, puede llegar a ser insufrible. Tal cosa era muy común, años atrás, en ciertos países de Europa: subir a un tranvía o al metro, viajar en bus o participar de una reunión social, podía ser una ocasión de lo más desagradable y más de algún terrible recuerdo tengo, pero parece que todo aquello tiende a desaparecer; la publicidad y el buen gusto imponen, en todas partes, la necesidad de ser inodoros u olientes a flores, a almizcles, a musgos o a tabaco pero menos a nosotros mismos; y en esto, por desgracia, a veces se exagera y también se hace mezclas incompatibles, ¿habrá combinación de aromas más contrapuestamente desagradable que la que se produce con los desodorantes femeninos íntimos?, no lo creo... quizás el oloroso caldillo de congrio aliñado con Chanel Nº5... quizás... . No, ¡no!, !mejor no exagerar!, perfumarse sí, pero no tanto.
Sephora y su aromateca, Avenida de los Campos Elíseos 54, en París, naturellement.
LOS AROMAS DE MI VIDA
LOS AROMAS DE MI VIDA
Los aromas de mi vida son pocos...
Recuerdo bien el de las manos de mi padre, mezcla del suyo propio y del tabaco
Y el de lavanda, del perfume Atkinsons de mi madre.
Son vívidos los de mi bolsón de colegio y de la tierra en el jardín de mi infancia.
Y también aquellos de una primera lluvia sobre el suelo reseco de Talca,
Los de la flor de la pluma en el funeral de una abeja
Y el de los establos del fundo Prosperidad:
Me parece aún sentir aquellos del humo de los trenes a carbón
Y de la sala de máquinas del telégrafo.
Contrasta, con el muy sutil de las azucenas de mi Primera Comunión,
Ese medio acre de la oscura bodega de vinos, enfrente de mi casa en la cuatro oriente.
Son indelebles esos, tan particulares, del interior de mi cámara de cajón Ansco,
Del papel fotográfico,
Y del penumbroso estudio del abuelo de Pablo Baltera
En mi memoria están grabados los del incienso en la iglesia de la Merced,
De la pólvora, de la resina de la soldadura y de la trementina,
Del mar de Constitución y del viento norte de Concepción
Junto a la nostalgia me vienen aquellos del smog de Santiago, que percibía en Bruselas
El de los tilos del Parque Ecuador, que creía sentir en Berlín y viceversa
Y, curiosamente, además, el del mar de Valparaíso, contaminado con petróleo.
Y el del cine Plaza, de mi ciudad natal
Recuerdo con ternura el del pelaje de mi gato, que se acurrucaba en mi cama
Y el de la piel de mis hijos.
Me hacen inspirar profundo los de la menuda y anaranjada flor del espino,
El de las hojas de peumos, eucaliptos y pinos, en los bosques que he caminado,
Los del musgo de los troncos muertos, de los dihueñes y de otros hongos....
Aquel de las zarzamoras junto al agua
Y el del pasto recién cortado
Los de las plantas de tomate que he regado;
También el de las petunias, el de las rosas, del azahar y de los retamos
El de los limones, pomelos, duraznos y melones calameños
No me olvido del dulzón de las papayas
Ni de los muy sabrosos de las humitas, de las empanadas y del pan amasado,
Del humeante caldillo de congrio y de la sierra ahumada;
Ni de ese, que se hacía agua en mi boca, junto a la fábrica de confites Calaf
Ni los del chocolate y del café de grano recién molido.
Tampoco de aquel de la modesta harina tostada,
Ni de los cálidos de la vainilla y del tabaco Amphora
Y si bien me excita aún el recuerdo de los aromas de las mujeres de mi pasado
Y siempre me sorprende el de mi semen,
Sólo me siento vivo con los de la piel, pechos y sexo de la mujer que hoy amo
Como veis, los aromas en mi mente son más bien pocos y no hay muchos más
Pero son muy valiosos para mí...
Pues son los aromas de mi alma de 55 años.
Osvaldo González Rojas.
Los aromas de mi vida son pocos...
Recuerdo bien el de las manos de mi padre, mezcla del suyo propio y del tabaco
Y el de lavanda, del perfume Atkinsons de mi madre.
Son vívidos los de mi bolsón de colegio y de la tierra en el jardín de mi infancia.
Y también aquellos de una primera lluvia sobre el suelo reseco de Talca,
Los de la flor de la pluma en el funeral de una abeja
Y el de los establos del fundo Prosperidad:
Me parece aún sentir aquellos del humo de los trenes a carbón
Y de la sala de máquinas del telégrafo.
Contrasta, con el muy sutil de las azucenas de mi Primera Comunión,
Ese medio acre de la oscura bodega de vinos, enfrente de mi casa en la cuatro oriente.
Son indelebles esos, tan particulares, del interior de mi cámara de cajón Ansco,
Del papel fotográfico,
Y del penumbroso estudio del abuelo de Pablo Baltera
En mi memoria están grabados los del incienso en la iglesia de la Merced,
De la pólvora, de la resina de la soldadura y de la trementina,
Del mar de Constitución y del viento norte de Concepción
Junto a la nostalgia me vienen aquellos del smog de Santiago, que percibía en Bruselas
El de los tilos del Parque Ecuador, que creía sentir en Berlín y viceversa
Y, curiosamente, además, el del mar de Valparaíso, contaminado con petróleo.
Y el del cine Plaza, de mi ciudad natal
Recuerdo con ternura el del pelaje de mi gato, que se acurrucaba en mi cama
Y el de la piel de mis hijos.
Me hacen inspirar profundo los de la menuda y anaranjada flor del espino,
El de las hojas de peumos, eucaliptos y pinos, en los bosques que he caminado,
Los del musgo de los troncos muertos, de los dihueñes y de otros hongos....
Aquel de las zarzamoras junto al agua
Y el del pasto recién cortado
Los de las plantas de tomate que he regado;
También el de las petunias, el de las rosas, del azahar y de los retamos
El de los limones, pomelos, duraznos y melones calameños
No me olvido del dulzón de las papayas
Ni de los muy sabrosos de las humitas, de las empanadas y del pan amasado,
Del humeante caldillo de congrio y de la sierra ahumada;
Ni de ese, que se hacía agua en mi boca, junto a la fábrica de confites Calaf
Ni los del chocolate y del café de grano recién molido.
Tampoco de aquel de la modesta harina tostada,
Ni de los cálidos de la vainilla y del tabaco Amphora
Y si bien me excita aún el recuerdo de los aromas de las mujeres de mi pasado
Y siempre me sorprende el de mi semen,
Sólo me siento vivo con los de la piel, pechos y sexo de la mujer que hoy amo
Como veis, los aromas en mi mente son más bien pocos y no hay muchos más
Pero son muy valiosos para mí...
Pues son los aromas de mi alma de 55 años.
Osvaldo González Rojas.
CIVILIZACIÓN
CIVILIZACIÓN
Tiempo atrás escribí lo que sigue...
Hace unos 26 años, junto con un numeroso grupo de becarios provenientes de países del tercer mundo y de otros en vías de desarrollo, participaba yo en un almuerzo, ofrecido gentilmente por la municipalidad de la pequeña pero muy antigua ciudad francesa de Rocroi, cercana a la frontera con Bélgica. Compartíamos la mesa con un también numeroso grupo de ciudadanos, que manifestaban un gran interés en conocer más de nuestras realidades nacionales. En un momento de la animada conversación con mi vecina y en respuesta a mis aseveraciones sobre consultas que no recuerdo, ella, reflexionando en voz alta, dijo como para sí misma - “vaya, entonces Chile es un país bastante civilizado...” Confieso que su “salida” me desconcertó y, más todavía, me molestó lo suficiente como para tener un pensamiento propio sobre mi interlocutora y que, por supuesto, no expresé ...“¡qué se habrá imaginado esta...!
Muchas veces he relatado esta anécdota para ilustrar, con un ejemplo, la imagen usual que, de nuestros países, se tiene en los “desarrollados”. Mucho tiempo hubo de pasar y varios viajes más a Europa también, para comprender que esta simpática dama no estaba tan errada en sus apreciaciones y que, muy probablemente, pudo quedarse corta en ellas...
Civilizado es aquel que conoce y practica bien el arte de vivir en la ciudad (al fin y al cabo, civilización proviene de civitas, que en latín significa ciudad). Civilizado es aquel que ha aprendido y que practica el conjunto de reglas que determinan el comportamiento recomendable de los ciudadanos para asegurar el bien individual, basado en el bien común. El grupo civilizado tiene un comportamiento social muy predecible, lo cual le permite, al ciudadano, despreocuparse de una infinidad de detalles asociados a la vida diaria, que de otra manera le agobiarían y le llenarían de tensiones. Se supone que la forma de vida en la ciudad es bastante contraria a la que tiene lugar en la selva, donde las únicas leyes que imperan son las del más fuerte, del más astuto y del más adaptable. En la selva es obligatorio estar muy alerta a todos los signos amenazantes para no ser comido y eliminado; en la ciudad se procura reducir la aleatoriedad de los comportamientos para que el ciudadano tenga una vida más segura y tranquila, conservando sus energías físicas y mentales de modo que pueda desarrollar adecuadamente tareas menos primitivas que las de sobrevivir, desplazarse, alimentarse y otras semejantes.
El hecho que gran parte de los comportamientos individuales y sociales en la comunidad civilizada sean bastante predecibles, hace que la vida diaria en ella sea algo muy poco novedoso y obliga a que los ciudadanos automaticen sus comportamientos para que no mueran de aburrimiento; la monotonía, impresa por el conjunto de leyes, que “cuadran” a los habitantes de la ciudad, es compensada por la libertad que se ofrece en otros ámbitos de la vida en ella, por ejemplo, en la variedad de los aspectos físicos que la fabricación de ropa moderna posibilita y, también, a través de muchos otros medios de los cuales disponen los ciudadanos para verse diferente de los demás y para hacer, a sus propias maneras, aquellas cosas no prohibidas por las normas. Nunca deja de sorprenderme que, en este mundo de globalización y masificaciones, jamás haya encontrado, en ninguno de mis viajes por el mundo, a nadie vestido con prendas iguales a las mías, aunque confieso haber reconocido a chilenos, en el extranjero, por el tipo de camisa que se vende en Falabella...
Más, pese a todas las ventajas que una civilización avanzada procura al habitante en ellas, éste extraña la naturaleza de la cual provienen sus genes y sueña, a veces, con liberarse, para lo cual anhela viajar a los países más atrasados, en los cuales pueda vivir una aventura de riesgos intermedios entre aquellos de la selva y los de sus supercivilizadas ciudades. Cuando lo consigue, grande puede ser la impresión que reciba, especialmente si le toca usar la locomoción colectiva de superficie en una ciudad como Santiago o Concepción; sólo quien conoce el sistema de transporte urbano en los países desarrollados puede comprender que nuestro mayor y más primitivo rasgo de incivilización es aportado por ella, pues es caótica, ineficiente, estéticamente horrible, ruidosa, contaminante, sucia y muy insegura. Quien la usa debe estar dispuesto a comportarse como en la selva misma: tiene que correr para alcanzarla, luchar para subir y para tratar de conseguir un sitio en ella, cogerse de especies de ramas para mantener el equilibrio, no dejar de mover la cabeza y los ojos para no pasarse de un paradero que nadie le anuncia, bajarse sobre la marcha en la mitad de la calle, estar atento a los carteristas y hacer todo lo anterior inmerso en el ruido, la contaminación y el aroma de los gases del escape y de los sufridos compañeros de viaje. Sí, basta con asomarse al pulcro Metro, aún en las horas de punta, para apreciar el grado de incivilización que reina en la superficie. Y lo malo es que ella se contagia a los usuarios, a los conductores de autos particulares, a los peatones y a la comunidad toda; la semilla de la incivilización está allí y, como la maleza, se reparte por la inciudad.
Ojalá se pudiera, en Santiago y también en las otras grandes ciudades de Chile, borrar de una plumada el sistema actual y reemplazarlo por otro semejante al de los países avanzados; eso solo ya mejoraría nuestro nivel de civilización y le crearía una curva de evolución positiva. Eso solo le bajaría el estrés al ciudadano y lo haría más sano, productivo y contento; eso costaría inicialmente caro pero se pagaría rápido y con creces. Eso, finalmente, le daría cara de puma al gato postulante a tigre.
Y, a la luz del evidente progreso material de los medios de locomoción pública de superficie, especialmente en la ciudad capital, en una de las eternas revisiones, sentí que era justo agregar...
P.S.: Atemperemos algo la cosa. Hay que reconocer que, desde que escribí lo anterior, la locomoción de superficie ha mejorado bastante en Santiago, al menos mucho más que en las provincias pero no lo suficiente aún. Por otra parte, parece demostrado que la posibilidad de implantar o imponer la civilización depende decisivamente de la prosperidad económica y de la educación del grupo humano que la desea practicar. Es preocupante constatar, si embargo, la facilidad con la cual se la olvida cuando el delicado equilibrio que sustenta a las comunidades se altera o rompe, como consecuencia de conflictos sociales, étnicos o religiosos; entonces, aunque sólo la fortaleza de los principios éticos o religiosos parece ofrece el mayor grado de protección frente a los excesos que la caída de las vallas legales posibilita, nada parece ser suficiente para que el ser humano no regrese a la selva que sus genes añoran. La vida y la CNN nos lo demuestran cada día…. Vale la pena meditarlo un poco más... ¿lo cree usted también?.
Hoy, casi al final del año 2000 y regresando de un nuevo viaje por varios países europeos, un poco impactado por el contraste que deja en evidencia la ostensible incivilización que refleja el comportamiento de nuestra sociedad, me siento impelido a continuar reflexionando sobre el asunto...
... ya pondré a punto las líneas que seguirán...¡paciencia!.
NOta: LO anterior fue escrito en la época de las micros amarillas, bastante más ordenadas que el caótico sistema precedente, en el cual los buses y modelos tenían cualquier color y contaminaban a su albedrío. Ahora, en a época del Transantiago, habría mucho más que decir, pero es obvio que muchas cosas siguen igual o incluso peor. O.
Tiempo atrás escribí lo que sigue...
Hace unos 26 años, junto con un numeroso grupo de becarios provenientes de países del tercer mundo y de otros en vías de desarrollo, participaba yo en un almuerzo, ofrecido gentilmente por la municipalidad de la pequeña pero muy antigua ciudad francesa de Rocroi, cercana a la frontera con Bélgica. Compartíamos la mesa con un también numeroso grupo de ciudadanos, que manifestaban un gran interés en conocer más de nuestras realidades nacionales. En un momento de la animada conversación con mi vecina y en respuesta a mis aseveraciones sobre consultas que no recuerdo, ella, reflexionando en voz alta, dijo como para sí misma - “vaya, entonces Chile es un país bastante civilizado...” Confieso que su “salida” me desconcertó y, más todavía, me molestó lo suficiente como para tener un pensamiento propio sobre mi interlocutora y que, por supuesto, no expresé ...“¡qué se habrá imaginado esta...!
Muchas veces he relatado esta anécdota para ilustrar, con un ejemplo, la imagen usual que, de nuestros países, se tiene en los “desarrollados”. Mucho tiempo hubo de pasar y varios viajes más a Europa también, para comprender que esta simpática dama no estaba tan errada en sus apreciaciones y que, muy probablemente, pudo quedarse corta en ellas...
Civilizado es aquel que conoce y practica bien el arte de vivir en la ciudad (al fin y al cabo, civilización proviene de civitas, que en latín significa ciudad). Civilizado es aquel que ha aprendido y que practica el conjunto de reglas que determinan el comportamiento recomendable de los ciudadanos para asegurar el bien individual, basado en el bien común. El grupo civilizado tiene un comportamiento social muy predecible, lo cual le permite, al ciudadano, despreocuparse de una infinidad de detalles asociados a la vida diaria, que de otra manera le agobiarían y le llenarían de tensiones. Se supone que la forma de vida en la ciudad es bastante contraria a la que tiene lugar en la selva, donde las únicas leyes que imperan son las del más fuerte, del más astuto y del más adaptable. En la selva es obligatorio estar muy alerta a todos los signos amenazantes para no ser comido y eliminado; en la ciudad se procura reducir la aleatoriedad de los comportamientos para que el ciudadano tenga una vida más segura y tranquila, conservando sus energías físicas y mentales de modo que pueda desarrollar adecuadamente tareas menos primitivas que las de sobrevivir, desplazarse, alimentarse y otras semejantes.
El hecho que gran parte de los comportamientos individuales y sociales en la comunidad civilizada sean bastante predecibles, hace que la vida diaria en ella sea algo muy poco novedoso y obliga a que los ciudadanos automaticen sus comportamientos para que no mueran de aburrimiento; la monotonía, impresa por el conjunto de leyes, que “cuadran” a los habitantes de la ciudad, es compensada por la libertad que se ofrece en otros ámbitos de la vida en ella, por ejemplo, en la variedad de los aspectos físicos que la fabricación de ropa moderna posibilita y, también, a través de muchos otros medios de los cuales disponen los ciudadanos para verse diferente de los demás y para hacer, a sus propias maneras, aquellas cosas no prohibidas por las normas. Nunca deja de sorprenderme que, en este mundo de globalización y masificaciones, jamás haya encontrado, en ninguno de mis viajes por el mundo, a nadie vestido con prendas iguales a las mías, aunque confieso haber reconocido a chilenos, en el extranjero, por el tipo de camisa que se vende en Falabella...
Más, pese a todas las ventajas que una civilización avanzada procura al habitante en ellas, éste extraña la naturaleza de la cual provienen sus genes y sueña, a veces, con liberarse, para lo cual anhela viajar a los países más atrasados, en los cuales pueda vivir una aventura de riesgos intermedios entre aquellos de la selva y los de sus supercivilizadas ciudades. Cuando lo consigue, grande puede ser la impresión que reciba, especialmente si le toca usar la locomoción colectiva de superficie en una ciudad como Santiago o Concepción; sólo quien conoce el sistema de transporte urbano en los países desarrollados puede comprender que nuestro mayor y más primitivo rasgo de incivilización es aportado por ella, pues es caótica, ineficiente, estéticamente horrible, ruidosa, contaminante, sucia y muy insegura. Quien la usa debe estar dispuesto a comportarse como en la selva misma: tiene que correr para alcanzarla, luchar para subir y para tratar de conseguir un sitio en ella, cogerse de especies de ramas para mantener el equilibrio, no dejar de mover la cabeza y los ojos para no pasarse de un paradero que nadie le anuncia, bajarse sobre la marcha en la mitad de la calle, estar atento a los carteristas y hacer todo lo anterior inmerso en el ruido, la contaminación y el aroma de los gases del escape y de los sufridos compañeros de viaje. Sí, basta con asomarse al pulcro Metro, aún en las horas de punta, para apreciar el grado de incivilización que reina en la superficie. Y lo malo es que ella se contagia a los usuarios, a los conductores de autos particulares, a los peatones y a la comunidad toda; la semilla de la incivilización está allí y, como la maleza, se reparte por la inciudad.
Ojalá se pudiera, en Santiago y también en las otras grandes ciudades de Chile, borrar de una plumada el sistema actual y reemplazarlo por otro semejante al de los países avanzados; eso solo ya mejoraría nuestro nivel de civilización y le crearía una curva de evolución positiva. Eso solo le bajaría el estrés al ciudadano y lo haría más sano, productivo y contento; eso costaría inicialmente caro pero se pagaría rápido y con creces. Eso, finalmente, le daría cara de puma al gato postulante a tigre.
Y, a la luz del evidente progreso material de los medios de locomoción pública de superficie, especialmente en la ciudad capital, en una de las eternas revisiones, sentí que era justo agregar...
P.S.: Atemperemos algo la cosa. Hay que reconocer que, desde que escribí lo anterior, la locomoción de superficie ha mejorado bastante en Santiago, al menos mucho más que en las provincias pero no lo suficiente aún. Por otra parte, parece demostrado que la posibilidad de implantar o imponer la civilización depende decisivamente de la prosperidad económica y de la educación del grupo humano que la desea practicar. Es preocupante constatar, si embargo, la facilidad con la cual se la olvida cuando el delicado equilibrio que sustenta a las comunidades se altera o rompe, como consecuencia de conflictos sociales, étnicos o religiosos; entonces, aunque sólo la fortaleza de los principios éticos o religiosos parece ofrece el mayor grado de protección frente a los excesos que la caída de las vallas legales posibilita, nada parece ser suficiente para que el ser humano no regrese a la selva que sus genes añoran. La vida y la CNN nos lo demuestran cada día…. Vale la pena meditarlo un poco más... ¿lo cree usted también?.
Hoy, casi al final del año 2000 y regresando de un nuevo viaje por varios países europeos, un poco impactado por el contraste que deja en evidencia la ostensible incivilización que refleja el comportamiento de nuestra sociedad, me siento impelido a continuar reflexionando sobre el asunto...
... ya pondré a punto las líneas que seguirán...¡paciencia!.
NOta: LO anterior fue escrito en la época de las micros amarillas, bastante más ordenadas que el caótico sistema precedente, en el cual los buses y modelos tenían cualquier color y contaminaban a su albedrío. Ahora, en a época del Transantiago, habría mucho más que decir, pero es obvio que muchas cosas siguen igual o incluso peor. O.
DE MUSAS, DE MONTES Y DE MUSEOS
DE MUSAS, DE MONTES Y DE MUSEOS
Las Musas eran, en la Mitología Clásica, las hijas de Zeus. Estas nueve gentiles y bellas señoritas, que protegían a las Artes, es decir al canto, a la música, a la poesía y a las ciencias, entre otras, vivían en el monte sagrado de Grecia conocido como Parnaso, acompañando al joven Apolo, Dios de la Belleza y del Bien. Hasta ese monte, en cuyas faldas se encontraba además el célebre Oráculo y la ciudad de Delfos, llegaban los artistas, quienes, tras purificarse en la Fuente Castalia, formada por un manantial surgido al pie de él, subían al Templo para recibir la inspiración de las Musas y las bendiciones de Apolo.
La divina inspiración ha sido siempre perseguida por los artistas porque ven en ella el camino para alcanzar la evasiva genialidad, ese don que sienten imprescindible para que sus obras trasciendan al tiempo y derroten a ese monstruo que tiene la manía de condenar al olvido a todo lo demás (Cronos, el padre de Zeus tiene la mala fama de devorar a sus hijos). La prueba de fuego, que parece asegurar que las obras de arte romperán la barrera de los siglos, es su aceptación en algún museo, en esos lugares en los cuales se conserva y exhibe las obras inspiradas por las Musas y que, por lo mismo, están llenos de belleza y de conocimientos, utilizables para nuestro deleite, admiración y aprendizaje.
No se crea, sin embargo, que recibir la buscada inspiración es gratuito o placentero para el privilegiado artista, ¡no!, es casi todo lo contrario: con la inspiración, quien la recibe se llena de necesidades, de angustias y de urgencias por hacer; ellas lo obligan a actuar, a crear y a transformar en obras las ideas que las Musas le confían. Es sólo a medida que él trabaja y, paso a paso, extingue el préstamo que se le ha otorgado, que recibe su placentera recompensa. No he visto sentencia más apropiada para ilustrar ese proceso que aquella inscrita en el Museo del Hombre, en el ala izquierda del Palacio Chaillot de París, frente a la Torre de Eiffel:
“Todo hombre crea, aún sin saberlo y casi así como él respira, pero el artista se siente crear; su acción compromete a todo su ser; su sufrimiento, bienamado, lo fortalece”.
Hoy en día, aunque la Mitología está medio pasada de moda y hasta olvidada, las musas y los montes siguen siendo importantes para que los artistas de todos los calibres encuentren la buscada inspiración. A las musas actuales, con excepción de unas pocas privilegiadas que viven en el barrio de Montparnasse, en París, se las puede encontrar en cualquier barrio popular sin mayor pedigree, acompañadas de su familia o de algún fulano que poco se parece a Apolo y que, a falta de habitar un monte famoso, siempre pueden contar con el suyo propio, que mucho las ayuda. Aquellas que tienen la suerte de vivir en el Monte Parnaso de París, o siquiera de pasear por sus antiguas calles, tienen la opción de inspirar a los artistas, o a los aspirantes a tales, que han hecho su hogar en ese simpático “quartier” o que, al menos, se encuentran de paso por él. Aclaremos algo, aunque el Monte Parnaso de París, que se enfrenta al otro muy conocido, ubicado del otro lado del Sena y llamado Montmartre, ya no es el de antes, es decir, el de Modigliani, de Toulouse-Lautrec, de Picasso y de tantos otros, sigue, sin embargo, atrayendo a los artistas, ávidos de recibir el espíritu de los genios del pasado, que pudiera aún flotar en el interior de los antiguos talleres y estrechos departamentos que estos ocuparon.
Fue por allí, también, que yo encontré a una musa parisina, que casi caro pudo haberme costado, según habré de contarles, algún día...
Pero no es de cuestiones personales ni dignas de nostalgia que en esta ocasión quiero escribir, sino que de cosas más generales, como las que podrían interesar a cualquier artista o a cualquier fotógrafo en particular. Déjenme pues seguir con el asunto de las musas, de los montes y de los museos, sobre los cuales hay todavía mucho que decir, aunque, para hacerlo, no quede más remedio que hurgar algo en la mitología e intentar aclarar, de paso, la confusión que muchos pueden tener entre las deidades de la Roma y de la Grecia del pasado.
Recordemos pues que, tanto los romanos como los griegos desarrollaron sus particulares mitologías, aunque fueron estos últimos quienes, en definitiva, influenciaron fuertemente a los primeros. En todo caso, los romanos, para no parecer demasiado poco originales, dieron sus propios nombres a los adoptados dioses, de manera tal que, por ejemplo, el griego Eros, Dios del Amor y de la generación de todas las cosas, indisolublemente ligado a las musas y a los artistas, fue llamado Cupido y representado por un travieso niño que se divierte causando pasionales inquietudes con sus flechas de oro y de plomo (las de oro provocan una atracción pasional incontenible y las de plomo, un fatal odio y desprecio). Otra diosa romana, importante para lo que nos ocupa, es Venus, deidad que los griegos denominaron Afrodita y gracias a la cual pudo existir Cupido, no sólo por ser ella su madre sino porque se animó a desobedecer a Júpiter, el Dios de los Dioses quien, previendo los estragos que ese otro “niño” habría de causar entre los humanos, le ordenó eliminarlo, barbaridad que ella no hizo, ocultándolo en un monte, que no era el suyo, mientras Júpiter (Zeus) olvidaba su tan siniestra idea.
Parece complicado pero no lo es: musas, artistas, Eros o como se le llame, los montes y Venus, están íntimamente ligados y así, ni las obras de arte, ni los problemas que su realización conlleva, serían posibles sin esta conjunción de dioses, de hombres y de mujeres. En todo caso, en esta sinérgica asociación, Eros, más que Venus, parece ser la deidad fundamental para la creación artística y para todas las demás. Ya lo dijo Freud, la libido, es decir la fuerza que otorga Eros, más que la razón o que cualquier otro factor, es la que dirige al mundo, incluso desde el inconsciente. De este modo, hasta el más inocente de los artistas o fotógrafos, por ejemplo aquel que solamente cree estar inmortalizando flores, árboles o paisajes, está sólo sublimando la satisfacción de aquellas necesidades que Eros, desde las tinieblas de su mente, le impone. ¡Y qué menos podrá ser cuando la fotografiada es su propia musa!; entonces, en una explosión de energía creativa, que sustituye al verdadero acto de amor, pueden ser cientos las imágenes con las que el inspirado artista acaricia a su modelo, observándola desde todos los ángulos y hurgando escrupulosamente en las intimidades que las actitudes de su cuerpo reflejan. Jamás es una mujer vista por más ojos y con tal fruición, deleite y homenaje, que cuando, como su musa, se entrega a la mirada y al lente de un fotógrafo inspirado y rebosante de la energía con la que Eros le ha bendecido.
Y para terminar, que es bueno ir pensando en eso ya, hagámoslo volviendo de nuevo a los museos: entre estos los hay grandes y pequeños, famosos y apenas conocidos en su pueblo, los hay de bellas artes y de la guerra, de la moda y de la fotografía, de la ciencia y del sexo, los hay de todo aquello que las Musas han inspirado a los hombres. Visitarlos es un placer pero no hay que ir solo, siempre se debería hacerlo acompañado de una Musa, de una gentil Musa que lo inspire a uno para ver y sentir lo que allí debiera ver y sentir. ¿Y cómo se sabrá cuando esa condición se esté cumpliendo?; muy simplemente, porque se experimentará un enorme deseo, una urgencia casi, por descubrir y disfrutar lo que él encierra. Tenga la seguridad que yendo del brazo de su gentil Musa se verá forzado a ingresar a él y no podrá abandonarlo sino hasta que se encuentre completamente saciado. Permítame citar ahora la otra magnífica sentencia inscrita en el Palacio Chaillot, en su ala derecha, allí donde se aloja, aún, el Museo de la Marina de Francia:
“No depende sino de aquel que pasa, que yo sea tumba o tesoro, que yo hable o que me calle. Eso no te concierne sino que a ti amigo, ¡no entres sin deseos!”
Recuérdelo pues, si alguna vez visita Madrid, Londres, París o Chiguayante, no se sienta obligado a ingresar al Del Prado, a la National Gallery , al del Louvre o al de Stöm; si no va con su Musa al lado, más vale que pase de largo; al fin y al cabo hay muchas otras interesantes cosas que ver y hacer en esas ciudades y después de todo, siempre queda la oportunidad de volver, en una mejor ocasión, cuando, sin pecar de “snob” pueda, genuinamente, deleitar los ojos y la mente con las obras que las Musas inspiraron en los hombres.
Osvaldo González Rojas.
P.S.: ¿Notó la sutil pero importante diferencia entre Musa y musa?.
Las Musas eran, en la Mitología Clásica, las hijas de Zeus. Estas nueve gentiles y bellas señoritas, que protegían a las Artes, es decir al canto, a la música, a la poesía y a las ciencias, entre otras, vivían en el monte sagrado de Grecia conocido como Parnaso, acompañando al joven Apolo, Dios de la Belleza y del Bien. Hasta ese monte, en cuyas faldas se encontraba además el célebre Oráculo y la ciudad de Delfos, llegaban los artistas, quienes, tras purificarse en la Fuente Castalia, formada por un manantial surgido al pie de él, subían al Templo para recibir la inspiración de las Musas y las bendiciones de Apolo.
La divina inspiración ha sido siempre perseguida por los artistas porque ven en ella el camino para alcanzar la evasiva genialidad, ese don que sienten imprescindible para que sus obras trasciendan al tiempo y derroten a ese monstruo que tiene la manía de condenar al olvido a todo lo demás (Cronos, el padre de Zeus tiene la mala fama de devorar a sus hijos). La prueba de fuego, que parece asegurar que las obras de arte romperán la barrera de los siglos, es su aceptación en algún museo, en esos lugares en los cuales se conserva y exhibe las obras inspiradas por las Musas y que, por lo mismo, están llenos de belleza y de conocimientos, utilizables para nuestro deleite, admiración y aprendizaje.
No se crea, sin embargo, que recibir la buscada inspiración es gratuito o placentero para el privilegiado artista, ¡no!, es casi todo lo contrario: con la inspiración, quien la recibe se llena de necesidades, de angustias y de urgencias por hacer; ellas lo obligan a actuar, a crear y a transformar en obras las ideas que las Musas le confían. Es sólo a medida que él trabaja y, paso a paso, extingue el préstamo que se le ha otorgado, que recibe su placentera recompensa. No he visto sentencia más apropiada para ilustrar ese proceso que aquella inscrita en el Museo del Hombre, en el ala izquierda del Palacio Chaillot de París, frente a la Torre de Eiffel:
“Todo hombre crea, aún sin saberlo y casi así como él respira, pero el artista se siente crear; su acción compromete a todo su ser; su sufrimiento, bienamado, lo fortalece”.
Hoy en día, aunque la Mitología está medio pasada de moda y hasta olvidada, las musas y los montes siguen siendo importantes para que los artistas de todos los calibres encuentren la buscada inspiración. A las musas actuales, con excepción de unas pocas privilegiadas que viven en el barrio de Montparnasse, en París, se las puede encontrar en cualquier barrio popular sin mayor pedigree, acompañadas de su familia o de algún fulano que poco se parece a Apolo y que, a falta de habitar un monte famoso, siempre pueden contar con el suyo propio, que mucho las ayuda. Aquellas que tienen la suerte de vivir en el Monte Parnaso de París, o siquiera de pasear por sus antiguas calles, tienen la opción de inspirar a los artistas, o a los aspirantes a tales, que han hecho su hogar en ese simpático “quartier” o que, al menos, se encuentran de paso por él. Aclaremos algo, aunque el Monte Parnaso de París, que se enfrenta al otro muy conocido, ubicado del otro lado del Sena y llamado Montmartre, ya no es el de antes, es decir, el de Modigliani, de Toulouse-Lautrec, de Picasso y de tantos otros, sigue, sin embargo, atrayendo a los artistas, ávidos de recibir el espíritu de los genios del pasado, que pudiera aún flotar en el interior de los antiguos talleres y estrechos departamentos que estos ocuparon.
Fue por allí, también, que yo encontré a una musa parisina, que casi caro pudo haberme costado, según habré de contarles, algún día...
Pero no es de cuestiones personales ni dignas de nostalgia que en esta ocasión quiero escribir, sino que de cosas más generales, como las que podrían interesar a cualquier artista o a cualquier fotógrafo en particular. Déjenme pues seguir con el asunto de las musas, de los montes y de los museos, sobre los cuales hay todavía mucho que decir, aunque, para hacerlo, no quede más remedio que hurgar algo en la mitología e intentar aclarar, de paso, la confusión que muchos pueden tener entre las deidades de la Roma y de la Grecia del pasado.
Recordemos pues que, tanto los romanos como los griegos desarrollaron sus particulares mitologías, aunque fueron estos últimos quienes, en definitiva, influenciaron fuertemente a los primeros. En todo caso, los romanos, para no parecer demasiado poco originales, dieron sus propios nombres a los adoptados dioses, de manera tal que, por ejemplo, el griego Eros, Dios del Amor y de la generación de todas las cosas, indisolublemente ligado a las musas y a los artistas, fue llamado Cupido y representado por un travieso niño que se divierte causando pasionales inquietudes con sus flechas de oro y de plomo (las de oro provocan una atracción pasional incontenible y las de plomo, un fatal odio y desprecio). Otra diosa romana, importante para lo que nos ocupa, es Venus, deidad que los griegos denominaron Afrodita y gracias a la cual pudo existir Cupido, no sólo por ser ella su madre sino porque se animó a desobedecer a Júpiter, el Dios de los Dioses quien, previendo los estragos que ese otro “niño” habría de causar entre los humanos, le ordenó eliminarlo, barbaridad que ella no hizo, ocultándolo en un monte, que no era el suyo, mientras Júpiter (Zeus) olvidaba su tan siniestra idea.
Parece complicado pero no lo es: musas, artistas, Eros o como se le llame, los montes y Venus, están íntimamente ligados y así, ni las obras de arte, ni los problemas que su realización conlleva, serían posibles sin esta conjunción de dioses, de hombres y de mujeres. En todo caso, en esta sinérgica asociación, Eros, más que Venus, parece ser la deidad fundamental para la creación artística y para todas las demás. Ya lo dijo Freud, la libido, es decir la fuerza que otorga Eros, más que la razón o que cualquier otro factor, es la que dirige al mundo, incluso desde el inconsciente. De este modo, hasta el más inocente de los artistas o fotógrafos, por ejemplo aquel que solamente cree estar inmortalizando flores, árboles o paisajes, está sólo sublimando la satisfacción de aquellas necesidades que Eros, desde las tinieblas de su mente, le impone. ¡Y qué menos podrá ser cuando la fotografiada es su propia musa!; entonces, en una explosión de energía creativa, que sustituye al verdadero acto de amor, pueden ser cientos las imágenes con las que el inspirado artista acaricia a su modelo, observándola desde todos los ángulos y hurgando escrupulosamente en las intimidades que las actitudes de su cuerpo reflejan. Jamás es una mujer vista por más ojos y con tal fruición, deleite y homenaje, que cuando, como su musa, se entrega a la mirada y al lente de un fotógrafo inspirado y rebosante de la energía con la que Eros le ha bendecido.
Y para terminar, que es bueno ir pensando en eso ya, hagámoslo volviendo de nuevo a los museos: entre estos los hay grandes y pequeños, famosos y apenas conocidos en su pueblo, los hay de bellas artes y de la guerra, de la moda y de la fotografía, de la ciencia y del sexo, los hay de todo aquello que las Musas han inspirado a los hombres. Visitarlos es un placer pero no hay que ir solo, siempre se debería hacerlo acompañado de una Musa, de una gentil Musa que lo inspire a uno para ver y sentir lo que allí debiera ver y sentir. ¿Y cómo se sabrá cuando esa condición se esté cumpliendo?; muy simplemente, porque se experimentará un enorme deseo, una urgencia casi, por descubrir y disfrutar lo que él encierra. Tenga la seguridad que yendo del brazo de su gentil Musa se verá forzado a ingresar a él y no podrá abandonarlo sino hasta que se encuentre completamente saciado. Permítame citar ahora la otra magnífica sentencia inscrita en el Palacio Chaillot, en su ala derecha, allí donde se aloja, aún, el Museo de la Marina de Francia:
“No depende sino de aquel que pasa, que yo sea tumba o tesoro, que yo hable o que me calle. Eso no te concierne sino que a ti amigo, ¡no entres sin deseos!”
Recuérdelo pues, si alguna vez visita Madrid, Londres, París o Chiguayante, no se sienta obligado a ingresar al Del Prado, a la National Gallery , al del Louvre o al de Stöm; si no va con su Musa al lado, más vale que pase de largo; al fin y al cabo hay muchas otras interesantes cosas que ver y hacer en esas ciudades y después de todo, siempre queda la oportunidad de volver, en una mejor ocasión, cuando, sin pecar de “snob” pueda, genuinamente, deleitar los ojos y la mente con las obras que las Musas inspiraron en los hombres.
Osvaldo González Rojas.
P.S.: ¿Notó la sutil pero importante diferencia entre Musa y musa?.
LA ÚLTIMA CENA


LA ÚLTIMA CENA
El recinto que fue, en 1500, el refectorio de los monjes del convento Santa Maria delle Grazie de Milán, estaba en casi total obscuridad. Sólo brillaba la pared del fondo, allí donde Leonardo pintó su admirado Cenáculo, parcialmente iluminada por los focos que facilitaban el trabajo de los restauradores; estos, en su mayoría jóvenes mujeres, minuciosa y muy calmadamente, limpiaban y fijaban los trocitos de pigmento que habían comenzado a desprenderse sólo 50 años después de la terminación de aquel sublime fresco. Era imposible apreciar la gran obra en su totalidad pero igual, sólo por el hecho de estar allí, se experimentaba una inefable emoción, más acentuada aún por la obscuridad reinante, que invitaba a la meditación y facilitaba el aflorar de los más íntimos sentimientos. Transcurría el mes de agosto de 1992 y era la primera vez que yo visitaba Milán; había llegado a esa interesante ciudad siguiendo los pasos y las obras del gran genio de Vinci y no haber tenido la oportunidad de admirar su “Última Cena” habría sido muy frustrante; tuve mucha suerte de que se hubiese autorizado el ingreso al lugar, a pesar de los trabajos de restauración en curso.
Sentado en un pequeño hueco lateral, que algún tipo de andamiaje formaba, permanecí allí más de una hora, intentando imaginar al Maestro en su tarea de dar forma a la maravillosa obra y muy consciente también, de que él había pisado el mismo suelo en el que yo tenía mis pies entonces. Como supondrán, estar ahí me inundaba de sentimientos y de emociones difícilmente descriptibles pero que, si me obligasen a hacerlo, diría que entre ellas primaba una sensación de profundo agradecimiento, quizás a las fuerzas del Universo, por concederme el privilegio de estar allí.
Permítanme que les recuerde, muy brevemente, la historia y circunstancias relacionadas con esta extraordinaria pintura y con su genial autor.
Leonardo llegó a Milán en 1482. De su arribo a la capital de Lombardía nos ha quedado una extraordinaria carta que el artista envió, poco después de su llegada, al Duque de Milán, Ludovico Sforza, apodado “El Moro”. En ella enumeraba Leonardo todas las cosas que era capaz de hacer, ante todo máquinas para la guerra, explicando, también, que sabía de escultura, de arquitectura y de pintura, más que cualquier otra persona. De paso, además, desafiaba al Duque a someterlo a prueba; afortunadamente, Ludovico, en vez de castigarlo por impertinente, lo escuchó, nombrándolo “Ingeniero Ducal”. Tras una brillante pero poco productiva carrera como ingeniero, pintor, escenógrafo y escultor, se le encomendó, en 1495, pintar el Cenáculo en la pared del refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie. Leonardo comenzó de inmediato su trabajo y, a diferencia de todos los demás artistas que anteriormente habían pintado “La Ultima Cena”, imaginándola como una triste reunión previa al comienzo de la Pasión, Leonardo se propuso representar el momento en que Jesús dijo: “Uno de vosotros me ha de entregar”. Los rostros y las actitudes de los Apóstoles debían expresar estupor, asombro, indignación, incredulidad y horror, mientras que Jesús, inmóvil al centro, parecería aislado de todos y ajeno a los sentimientos de sus discípulos; ¡y vaya sí lo logró!. Pero, Leonardo, ”el científico”, quiso experimentar un nuevo tipo de material para empastar el muro, el cual, consistente en una combinación formada por capas de tres materiales distintos, resultó fatal. Ya en la inauguración, cuando medio Milán se agolpaba en el refectorio para admirar la obra, el artista se dio cuenta que las diferentes capas de empaste no reaccionaban en la misma forma a las variaciones de temperatura y humedad, comprendiendo de inmediato que aquel fresco no duraría mucho y así no más fue. Durante la Segunda Guerra Mundial, a la acción del tiempo, se agregó la caída de una bomba que derribó la casi totalidad de los otros tres muros del recinto pero que, de milagro, respetó aquel en el cual, quinientos años después que Da Vinci abandonase Milán para refugiarse en Venecia, se intentaba una nueva y casi imposible restauración: aquella que yo tenía el privilegio de presenciar.
La segunda vez que pude ver “La Última Cena” fue cuatro años más tarde y lo hice acompañado de Fabiana, una gentil signorina milanesa que había conocido en Dover mientras ambos esperábamos el “ferry” para atravesar el Canal de la Mancha, rumbo a Calais, en Francia; habiéndole encontrado un inequívoco aire de chilena, le pregunté si lo era y así se inició una amistad, en nombre de la cual nos reencontramos, semanas después, en Milán.
Sorprendentemente, para la dulce Fabiana, esa visita al Convento Santa Maria delle Grazie fue su primera vez frente a la obra maestra del gran florentino, la cual tuvo que esperar, entonces, 21 de los 500 años que lleva allí, para recibirla. Siempre hay una primera vez para todo, incluso para aquello y Fabiana, como era de esperar, llenó de gozo su espíritu ante la contemplación, a plena luz esta vez, de la maravilla de su ciudad. Aunque sin estar todavía completamente restaurado, pero ya visible en toda su magnificencia, era ahora posible entender el por qué ese fresco ha causado revuelo desde el día de su inauguración y también atisbar, a través de él, la genialidad del hombre del Renacimiento que lo pintó, hace medio milenio, para gloria de Dios y regocijo de los hombres.
Salimos, de allí, caminando a lo largo de los corredores que tantas veces hubo de recorrer Leonardo, para ir a disfrutar, cual padre e hija, o mejor, cual tío y sobrina, de un par de pastelillos al Caffe alle Grazie di Soldati Emilio, en el Corso Magenta, frente al convento.
Esa fue la última vez que vi a esa dolce signorina milanesa y al fresco de Leonardo, o más bien dicho, a su magistral pintura (suena mejor así). Mi estado de ánimo era algo confuso; por una parte sentía como lamentable el haber estado allí medio milenio demasiado tarde o, al menos, un cuarto de siglo demasiado viejo, y por otra, estaba feliz, no sólo por haber podido admirar, como pocos lo han hecho, a “La Última Cena”, sino que, además, por haber sido acompañado de una gentil italiana de cuatro lustros, con cabellos y ojos negros... como de chilena... y para quien, esa... fue su primera vez.
Osvaldo González Rojas.
El recinto que fue, en 1500, el refectorio de los monjes del convento Santa Maria delle Grazie de Milán, estaba en casi total obscuridad. Sólo brillaba la pared del fondo, allí donde Leonardo pintó su admirado Cenáculo, parcialmente iluminada por los focos que facilitaban el trabajo de los restauradores; estos, en su mayoría jóvenes mujeres, minuciosa y muy calmadamente, limpiaban y fijaban los trocitos de pigmento que habían comenzado a desprenderse sólo 50 años después de la terminación de aquel sublime fresco. Era imposible apreciar la gran obra en su totalidad pero igual, sólo por el hecho de estar allí, se experimentaba una inefable emoción, más acentuada aún por la obscuridad reinante, que invitaba a la meditación y facilitaba el aflorar de los más íntimos sentimientos. Transcurría el mes de agosto de 1992 y era la primera vez que yo visitaba Milán; había llegado a esa interesante ciudad siguiendo los pasos y las obras del gran genio de Vinci y no haber tenido la oportunidad de admirar su “Última Cena” habría sido muy frustrante; tuve mucha suerte de que se hubiese autorizado el ingreso al lugar, a pesar de los trabajos de restauración en curso.
Sentado en un pequeño hueco lateral, que algún tipo de andamiaje formaba, permanecí allí más de una hora, intentando imaginar al Maestro en su tarea de dar forma a la maravillosa obra y muy consciente también, de que él había pisado el mismo suelo en el que yo tenía mis pies entonces. Como supondrán, estar ahí me inundaba de sentimientos y de emociones difícilmente descriptibles pero que, si me obligasen a hacerlo, diría que entre ellas primaba una sensación de profundo agradecimiento, quizás a las fuerzas del Universo, por concederme el privilegio de estar allí.
Permítanme que les recuerde, muy brevemente, la historia y circunstancias relacionadas con esta extraordinaria pintura y con su genial autor.
Leonardo llegó a Milán en 1482. De su arribo a la capital de Lombardía nos ha quedado una extraordinaria carta que el artista envió, poco después de su llegada, al Duque de Milán, Ludovico Sforza, apodado “El Moro”. En ella enumeraba Leonardo todas las cosas que era capaz de hacer, ante todo máquinas para la guerra, explicando, también, que sabía de escultura, de arquitectura y de pintura, más que cualquier otra persona. De paso, además, desafiaba al Duque a someterlo a prueba; afortunadamente, Ludovico, en vez de castigarlo por impertinente, lo escuchó, nombrándolo “Ingeniero Ducal”. Tras una brillante pero poco productiva carrera como ingeniero, pintor, escenógrafo y escultor, se le encomendó, en 1495, pintar el Cenáculo en la pared del refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie. Leonardo comenzó de inmediato su trabajo y, a diferencia de todos los demás artistas que anteriormente habían pintado “La Ultima Cena”, imaginándola como una triste reunión previa al comienzo de la Pasión, Leonardo se propuso representar el momento en que Jesús dijo: “Uno de vosotros me ha de entregar”. Los rostros y las actitudes de los Apóstoles debían expresar estupor, asombro, indignación, incredulidad y horror, mientras que Jesús, inmóvil al centro, parecería aislado de todos y ajeno a los sentimientos de sus discípulos; ¡y vaya sí lo logró!. Pero, Leonardo, ”el científico”, quiso experimentar un nuevo tipo de material para empastar el muro, el cual, consistente en una combinación formada por capas de tres materiales distintos, resultó fatal. Ya en la inauguración, cuando medio Milán se agolpaba en el refectorio para admirar la obra, el artista se dio cuenta que las diferentes capas de empaste no reaccionaban en la misma forma a las variaciones de temperatura y humedad, comprendiendo de inmediato que aquel fresco no duraría mucho y así no más fue. Durante la Segunda Guerra Mundial, a la acción del tiempo, se agregó la caída de una bomba que derribó la casi totalidad de los otros tres muros del recinto pero que, de milagro, respetó aquel en el cual, quinientos años después que Da Vinci abandonase Milán para refugiarse en Venecia, se intentaba una nueva y casi imposible restauración: aquella que yo tenía el privilegio de presenciar.
La segunda vez que pude ver “La Última Cena” fue cuatro años más tarde y lo hice acompañado de Fabiana, una gentil signorina milanesa que había conocido en Dover mientras ambos esperábamos el “ferry” para atravesar el Canal de la Mancha, rumbo a Calais, en Francia; habiéndole encontrado un inequívoco aire de chilena, le pregunté si lo era y así se inició una amistad, en nombre de la cual nos reencontramos, semanas después, en Milán.
Sorprendentemente, para la dulce Fabiana, esa visita al Convento Santa Maria delle Grazie fue su primera vez frente a la obra maestra del gran florentino, la cual tuvo que esperar, entonces, 21 de los 500 años que lleva allí, para recibirla. Siempre hay una primera vez para todo, incluso para aquello y Fabiana, como era de esperar, llenó de gozo su espíritu ante la contemplación, a plena luz esta vez, de la maravilla de su ciudad. Aunque sin estar todavía completamente restaurado, pero ya visible en toda su magnificencia, era ahora posible entender el por qué ese fresco ha causado revuelo desde el día de su inauguración y también atisbar, a través de él, la genialidad del hombre del Renacimiento que lo pintó, hace medio milenio, para gloria de Dios y regocijo de los hombres.
Salimos, de allí, caminando a lo largo de los corredores que tantas veces hubo de recorrer Leonardo, para ir a disfrutar, cual padre e hija, o mejor, cual tío y sobrina, de un par de pastelillos al Caffe alle Grazie di Soldati Emilio, en el Corso Magenta, frente al convento.
Esa fue la última vez que vi a esa dolce signorina milanesa y al fresco de Leonardo, o más bien dicho, a su magistral pintura (suena mejor así). Mi estado de ánimo era algo confuso; por una parte sentía como lamentable el haber estado allí medio milenio demasiado tarde o, al menos, un cuarto de siglo demasiado viejo, y por otra, estaba feliz, no sólo por haber podido admirar, como pocos lo han hecho, a “La Última Cena”, sino que, además, por haber sido acompañado de una gentil italiana de cuatro lustros, con cabellos y ojos negros... como de chilena... y para quien, esa... fue su primera vez.
Osvaldo González Rojas.
UNA FIESTA EN DRESDEN
UNA FIESTA EN DRESDEN
No fue una fiesta la que se vivió en Dresden la noche del 13 al 14 de Febrero de 1945. Sólo dos meses antes del fin de la Segunda Guerra Mundial y con la única justificación declarada de bloquear los caminos con refugiados, 1083 bombarderos ingleses y norteamericanos incendiaron y demolieron, casi hasta sus cimientos, a esa bella y culta ciudad, situada en las riberas del río Elba. Aviones del Escuadrón 83 de la RAF señalizaron, a las 22.00 horas, el Altmarkt, en el centro de la Ciudad Vieja y luego llegó la primera oleada de bombarderos: 243 Lancaster de la RAF aparecieron sobre la ciudad entre las 22.05 y las 22.18 horas, lanzando 1478 toneladas de bombas de demolición; sólo algunas horas más tarde, a la 1.23 AM del día 14, otros 529 Lancaster de la RAF, seguidos de 311 B-17 de la USAF, completaron la siniestra tarea, arrojando 475 toneladas de bombas de demolición y 1450 de bombas incendiarias. Así, Dresden, que gracias a su escasez de objetivos militares había permanecido indemne hasta entonces, se unió a la lista de ciudades alemanas que fueron casi borradas del mapa durante aquel conflicto. No está de más, para dar una idea acerca del infierno que aquello fue, que la principal razón de la destrucción no estuvo tanto en la cantidad de bombas, sino que en la tormenta de fuego que sucedió a la demolición, causada por los enormes y múltiples incendios que succionaron el aire, cual gigantesca chimenea. Según estadísticas muy conservadoras, que no toman en cuenta las víctimas producidas entre los miles de refugiados en tránsito por el lugar, murieron “solamente” 39.773 personas pero, en la realidad, muchos miles más resultaron horriblemente heridas y quemadas con fósforo. He visto fotografías, tomadas tras los bombardeos, que muestran rumas de cadáveres mientras son incinerados entre las ruinas de la ciudad; un espectáculo horrible y reminiscente de aquellos horrores que sufrieron y presenciaron los recluídos en los campos de concentración de los nazis. “Siembra vientos y cosecharás tempestades”, dice el refrán popular y nada más cierto resultó en este caso. Sin duda alguna que este triste episodio fue una venganza, un desquite de los ingleses que pretendieron enseñar a los alemanes, en su propia lengua y territorio, la conjugación del verbo “coventrizar”; también fue un crimen contra la Humanidad, la cual fue privada de uno de sus más ricos tesoros artísticos y culturales; fue un acto más de barbarie, con un pobre intento de justificación, como tantos otros que se comete durante las guerras. El aroma de carne humana quemada, flotando entonces sobre la ciudad, debe haber causado escalofríos a las viejas piedras de los edificios del Altmarkt que, en 1349, presenciaron la quema de todos los judíos de la ciudad, acusados de diseminar la peste negra; para ellos tampoco fue esa una fiesta, aunque muchos en la ciudad deben haberlo celebrado como tal.
Sacrificio y no fiesta fue, también, para los marinos del crucero “Dresden”, comandado por el capitán Ludecke, la serie de batallas navales que pelearon con las naves de la Royal Navy durante la Primera Guerra Mundial; estas tuvieron capítulos frente a Coronel, en Chile; continuaron en los alrededores de las islas Malvinas o Shetland del Sur y, tras un juego del gato y del ratón en los canales y fiordos del sur tuvieron su epílogo, el 14 de marzo de 1915, en la bahía Cumberland, en la isla de Juan Fernández, donde el “Dresden”, tras ser atacado por los buques ingleses, en flagrante violación de la neutralidad chilena, e incapacitado de continuar el enfrentamiento con un adversario muy superior, fue hundido por sus propios tripulantes. Quizás entonces comenzó una fiesta para los hombres sobrevivientes; tal parece, por los relatos de la época, que su internación en el país neutral, que entonces era Chile, estuvo cerca de serlo; la hospitalidad de los valdivianos y, especialmente, de las damas valdivianas, restañó las heridas de la guerra y transformó los sinsabores de la navegación por fríos y embravecidos mares, en placentero bogar por tibias y suaves ondulaciones. Tan grato resultó el internado que, tras el término de la guerra, muchos se quedaron y, aparte de sus descendientes, dejaron aquí sus huesos, los cuales reposan junto a los de aquellos autóctonos de esta tierra.
Pero, aunque la historia de la ciudad de Dresden, que se inicia el año 927, está marcada por el fuego y los conflictos humanos, tuvo también una época de oro, en la cual la vida en ella fue una fiesta, al menos para algunos. Aquella fue la era en la cual gobernó Federico Augusto 1º, también conocido como Federico el Fuerte (aclaro que todo parece indicar que dicho apodo provenía de su sobresaliente fortaleza física). La Corte de Dresden brilló entonces, entre 1700 y 1750, como nunca antes y las bellas artes y la música le dieron renombre en toda Europa. Las obras de músicos como Vivaldi, Pisandel, Hasse y otros, asociados a la vida artística de la ciudad, aún encuentran su lugar en las mejores y selectas discotecas. También, los tesoros arquitectónicos, reconstruidos de entre las ruinas y que ahora llenan de admiración a los visitantes, datan de esa época. Lamentablemente, luego del reinado de Francisco 1º, las guerras, incluidas las napoleónicas, y otros conflictos políticos del siglo 19, deslucieron el esplendor de los tiempos pasados, hasta culminar con la abolición de la monarquía, en 1918; se fundó entonces el Estado Libre de Sajonia, del cual Dresden fue designada capital. Tras la Segunda Guerra, bajo el gobierno de la ex Alemania Democrática, toda la región durmió siesta, de la cual, como ocurrió con Dornröschen (“La Bella Durmiente del Bosque”) tras el beso del Príncipe, despertó con la reunificación alemana de 1989 y todavía se despereza.
¿Qué por qué fui a dar a Dresden?; bueno, hubo varias razones, comenzando por su cercanía a Praga, la bella capital de la República Checa, a la cual debía viajar algunos días después; también había una razón emocional que no es fácil de explicar pero que se relaciona con viejas y románticas estampas del lugar, con la historia del río Elba, con la música de Dresden, que tantas veces me deleitó y, sobre todo, con el deseo de saludar a Hubert, un amigo austríaco, con una de sus residencias en esa ciudad. A Hubert lo conocí en la Pampa de Zapahuira, con ocasión de aquel memorable eclipse total de sol, en 1994, en la que el astro rey se “murió” durante 3 minutos a su paso por el Norte de Chile. Tras bajar del tren y desde la antigua y algo decrépita Hauptbahnof, tomé el tranvía que me dejaría casi en la puerta del Hotel-Pensión-Restaurant Ermitage, en el 64 de la Königsbrücker Strasse. Muy simpático lugar, con una excelente mesa de especialidades culinarias rusas pero con un serio problema, común en la ex Alemania del Este: allí parecía que el inglés, el francés, el italiano y, por supuesto el español, hubiesen sido idiomas de otro mundo; alemán y ruso eran las lenguas vivas. Sólo me quedó como recurso el universal lenguaje de los gestos y, gestos de admiración y casi de reverencia fueron los que creí advertir en la dueña cuando me entregó el FAX recibido desde la Universidad Karlovy de Praga, confirmando que se me esperaba allí y, también cuando, con las dificultades de suponer, me explicó que Hubert había llamado desde Salzburgo para avisar que volaría a Dresden para llevarme a cenar; parecía que la dama rusa me consideraba un muy importante personaje, seguramente un excéntrico y especial profesor, que se alojaba en tan económico lugar debido a algún particular antojo y no porque le faltasen recursos.
Puntual, viniendo directamente desde el aeropuerto y vestido con el mismo traje que lucía en Arica (una simpática y austríaca humorada de su parte) apareció Hubert ese anochecer; tras recoger a la dulce Margitta, su pareja, nos encaminamos al antiguo restaurante de vinos “Rebstock” (o “Cepa”) en las afueras de la ciudad, donde nos reuniríamos con amigos y ex-socios de una ya desaparecida empresa. La reunión festiva de esa noche, fundamentalmente para beber buen vino y conversar, reeditaría una costumbre del grupo que había sido interrumpida por las circunstancias, dos años atrás. No fuimos los primeros, Herr y Frau Heinze ya estaban allí, Herr Müller llegó poco después y el dueño del lugar, Herr Ziegenbalg y su familia se nos uniría cuando el último de los otros parroquianos hubiera partido. El restaurante, de antiguo estilo, era iluminado con velas y decorado con toneles de vino y empañadas pinturas de Bacos, Dionisios y viñas, que eran toda una alegoría para recordar que allí se degustaba excepcionales cepas. Se comió poco y se bebió mucho; jamás había visto circular tantas botellas de vino blanco sin que nadie terminase ebrio y yo, el único del grupo que sólo besó las copas, puedo dar crédito de ello. En honor al invitado de Sudamérica se conversó en inglés y francés y, cuando en el lugar sólo quedábamos nosotros, Herr Müller se sentó al viejo piano y la música y los cantos despertaron al vecindario; pronto repicó el teléfono y se escuchó golpes en el techo, una y otra vez; aunque a ratos la concurrencia conversaba nostálgicamente, dando algo de tregua a los que deseaban dormir, se los ignoró; al fin y al cabo, dicha celebración era también una despedida, pues ese tradicional refugio de bebedores y amigos cerraría sus puertas en tres días más: las exigencias impuestas por las severas normas de la nueva Alemania hacían inviable continuar con ese negocio. En una pausa, y desde el antejardín, Hubert llamó, con su celular, a don Roberto, un mutuo amigo de Bariloche, quien no podía creer que yo estuviese allí, en ese preciso momento (¡magia del mundo moderno!, de la cual hasta yo me asombro). A las cinco de la mañana, tanto fue el cántaro al agua, o mejor, el jarro al vino y los dedos al piano, que algún vecino llamó a la policía. Cuando las giratorias luces azules hicieron su aparición, también lo hizo el silencio y, cuando el hombre y la mujer de verde (¿por qué siempre vestirán de verde? *) entraron, varios pares de redondos ojos los miraron con inocencia. Ella dijo algo, mirando acusatoriamente el ahora callado instrumento de percusión de cuerdas; yo sólo comprendí “pianoforte” pero era obvio a que se refería. Comenzó una lluvia de explicaciones en la cual tomé palco; Frau Ziegenbalg rompió en llanto y se deshizo en lágrimas, no sé si lamentándose por la incomprensión de sus vecinos o por la pena que le daba explicar que la razón de esa reunión era una especie de velorio; como haya sido, tuvo éxito pues suavizó el severo mirar de los agentes del orden y la paz pública, quienes, para poner un amistoso fin al asunto, nos invitaron a abandonar el lugar.
¡Esa sí que fue una fiesta en Dresden!.
A las cinco y media de la mañana, fresco aún como lechuga, pues mi reloj biológico marcaba apenas las once y media de la noche, estaba ya en mi cama pero dormí pocazo; algo después de las 10 fui despertado por la gentil señora encargada del comedor; con gestos (¡y sí no cómo!) fui informado que el “Frühstück”, pese al fin de la alemana hora estipulada para el servicio, me esperaba; si no hubiese sido por esa deferencia, habría perdido el tan importante y suculento desayuno, que me permitía olvidar el almuerzo y ahorrar los duros y escasos marcos; con agradecimiento reflejado en mis entelerañados ojos, bajé al ya solitario comedor, tratando de convencer a mi organismo que desayunar así y a la 4 y media de la mañana, era lo normal en esas latitudes. En fin, levantarme temprano sirvió para aprovechar el tiempo, para contemplar el río Elba desde el antiguo Augustusbrücke y para no perderme la visita de mediodía a la bella Semperoper.
¡Valió la pena parar en Dresden!.
Osvaldo González Rojas.
(*) Debe ser para destacarse bien en medio de la selva urbana, que poco tiene de ese ecológico color
No fue una fiesta la que se vivió en Dresden la noche del 13 al 14 de Febrero de 1945. Sólo dos meses antes del fin de la Segunda Guerra Mundial y con la única justificación declarada de bloquear los caminos con refugiados, 1083 bombarderos ingleses y norteamericanos incendiaron y demolieron, casi hasta sus cimientos, a esa bella y culta ciudad, situada en las riberas del río Elba. Aviones del Escuadrón 83 de la RAF señalizaron, a las 22.00 horas, el Altmarkt, en el centro de la Ciudad Vieja y luego llegó la primera oleada de bombarderos: 243 Lancaster de la RAF aparecieron sobre la ciudad entre las 22.05 y las 22.18 horas, lanzando 1478 toneladas de bombas de demolición; sólo algunas horas más tarde, a la 1.23 AM del día 14, otros 529 Lancaster de la RAF, seguidos de 311 B-17 de la USAF, completaron la siniestra tarea, arrojando 475 toneladas de bombas de demolición y 1450 de bombas incendiarias. Así, Dresden, que gracias a su escasez de objetivos militares había permanecido indemne hasta entonces, se unió a la lista de ciudades alemanas que fueron casi borradas del mapa durante aquel conflicto. No está de más, para dar una idea acerca del infierno que aquello fue, que la principal razón de la destrucción no estuvo tanto en la cantidad de bombas, sino que en la tormenta de fuego que sucedió a la demolición, causada por los enormes y múltiples incendios que succionaron el aire, cual gigantesca chimenea. Según estadísticas muy conservadoras, que no toman en cuenta las víctimas producidas entre los miles de refugiados en tránsito por el lugar, murieron “solamente” 39.773 personas pero, en la realidad, muchos miles más resultaron horriblemente heridas y quemadas con fósforo. He visto fotografías, tomadas tras los bombardeos, que muestran rumas de cadáveres mientras son incinerados entre las ruinas de la ciudad; un espectáculo horrible y reminiscente de aquellos horrores que sufrieron y presenciaron los recluídos en los campos de concentración de los nazis. “Siembra vientos y cosecharás tempestades”, dice el refrán popular y nada más cierto resultó en este caso. Sin duda alguna que este triste episodio fue una venganza, un desquite de los ingleses que pretendieron enseñar a los alemanes, en su propia lengua y territorio, la conjugación del verbo “coventrizar”; también fue un crimen contra la Humanidad, la cual fue privada de uno de sus más ricos tesoros artísticos y culturales; fue un acto más de barbarie, con un pobre intento de justificación, como tantos otros que se comete durante las guerras. El aroma de carne humana quemada, flotando entonces sobre la ciudad, debe haber causado escalofríos a las viejas piedras de los edificios del Altmarkt que, en 1349, presenciaron la quema de todos los judíos de la ciudad, acusados de diseminar la peste negra; para ellos tampoco fue esa una fiesta, aunque muchos en la ciudad deben haberlo celebrado como tal.
Sacrificio y no fiesta fue, también, para los marinos del crucero “Dresden”, comandado por el capitán Ludecke, la serie de batallas navales que pelearon con las naves de la Royal Navy durante la Primera Guerra Mundial; estas tuvieron capítulos frente a Coronel, en Chile; continuaron en los alrededores de las islas Malvinas o Shetland del Sur y, tras un juego del gato y del ratón en los canales y fiordos del sur tuvieron su epílogo, el 14 de marzo de 1915, en la bahía Cumberland, en la isla de Juan Fernández, donde el “Dresden”, tras ser atacado por los buques ingleses, en flagrante violación de la neutralidad chilena, e incapacitado de continuar el enfrentamiento con un adversario muy superior, fue hundido por sus propios tripulantes. Quizás entonces comenzó una fiesta para los hombres sobrevivientes; tal parece, por los relatos de la época, que su internación en el país neutral, que entonces era Chile, estuvo cerca de serlo; la hospitalidad de los valdivianos y, especialmente, de las damas valdivianas, restañó las heridas de la guerra y transformó los sinsabores de la navegación por fríos y embravecidos mares, en placentero bogar por tibias y suaves ondulaciones. Tan grato resultó el internado que, tras el término de la guerra, muchos se quedaron y, aparte de sus descendientes, dejaron aquí sus huesos, los cuales reposan junto a los de aquellos autóctonos de esta tierra.
Pero, aunque la historia de la ciudad de Dresden, que se inicia el año 927, está marcada por el fuego y los conflictos humanos, tuvo también una época de oro, en la cual la vida en ella fue una fiesta, al menos para algunos. Aquella fue la era en la cual gobernó Federico Augusto 1º, también conocido como Federico el Fuerte (aclaro que todo parece indicar que dicho apodo provenía de su sobresaliente fortaleza física). La Corte de Dresden brilló entonces, entre 1700 y 1750, como nunca antes y las bellas artes y la música le dieron renombre en toda Europa. Las obras de músicos como Vivaldi, Pisandel, Hasse y otros, asociados a la vida artística de la ciudad, aún encuentran su lugar en las mejores y selectas discotecas. También, los tesoros arquitectónicos, reconstruidos de entre las ruinas y que ahora llenan de admiración a los visitantes, datan de esa época. Lamentablemente, luego del reinado de Francisco 1º, las guerras, incluidas las napoleónicas, y otros conflictos políticos del siglo 19, deslucieron el esplendor de los tiempos pasados, hasta culminar con la abolición de la monarquía, en 1918; se fundó entonces el Estado Libre de Sajonia, del cual Dresden fue designada capital. Tras la Segunda Guerra, bajo el gobierno de la ex Alemania Democrática, toda la región durmió siesta, de la cual, como ocurrió con Dornröschen (“La Bella Durmiente del Bosque”) tras el beso del Príncipe, despertó con la reunificación alemana de 1989 y todavía se despereza.
¿Qué por qué fui a dar a Dresden?; bueno, hubo varias razones, comenzando por su cercanía a Praga, la bella capital de la República Checa, a la cual debía viajar algunos días después; también había una razón emocional que no es fácil de explicar pero que se relaciona con viejas y románticas estampas del lugar, con la historia del río Elba, con la música de Dresden, que tantas veces me deleitó y, sobre todo, con el deseo de saludar a Hubert, un amigo austríaco, con una de sus residencias en esa ciudad. A Hubert lo conocí en la Pampa de Zapahuira, con ocasión de aquel memorable eclipse total de sol, en 1994, en la que el astro rey se “murió” durante 3 minutos a su paso por el Norte de Chile. Tras bajar del tren y desde la antigua y algo decrépita Hauptbahnof, tomé el tranvía que me dejaría casi en la puerta del Hotel-Pensión-Restaurant Ermitage, en el 64 de la Königsbrücker Strasse. Muy simpático lugar, con una excelente mesa de especialidades culinarias rusas pero con un serio problema, común en la ex Alemania del Este: allí parecía que el inglés, el francés, el italiano y, por supuesto el español, hubiesen sido idiomas de otro mundo; alemán y ruso eran las lenguas vivas. Sólo me quedó como recurso el universal lenguaje de los gestos y, gestos de admiración y casi de reverencia fueron los que creí advertir en la dueña cuando me entregó el FAX recibido desde la Universidad Karlovy de Praga, confirmando que se me esperaba allí y, también cuando, con las dificultades de suponer, me explicó que Hubert había llamado desde Salzburgo para avisar que volaría a Dresden para llevarme a cenar; parecía que la dama rusa me consideraba un muy importante personaje, seguramente un excéntrico y especial profesor, que se alojaba en tan económico lugar debido a algún particular antojo y no porque le faltasen recursos.
Puntual, viniendo directamente desde el aeropuerto y vestido con el mismo traje que lucía en Arica (una simpática y austríaca humorada de su parte) apareció Hubert ese anochecer; tras recoger a la dulce Margitta, su pareja, nos encaminamos al antiguo restaurante de vinos “Rebstock” (o “Cepa”) en las afueras de la ciudad, donde nos reuniríamos con amigos y ex-socios de una ya desaparecida empresa. La reunión festiva de esa noche, fundamentalmente para beber buen vino y conversar, reeditaría una costumbre del grupo que había sido interrumpida por las circunstancias, dos años atrás. No fuimos los primeros, Herr y Frau Heinze ya estaban allí, Herr Müller llegó poco después y el dueño del lugar, Herr Ziegenbalg y su familia se nos uniría cuando el último de los otros parroquianos hubiera partido. El restaurante, de antiguo estilo, era iluminado con velas y decorado con toneles de vino y empañadas pinturas de Bacos, Dionisios y viñas, que eran toda una alegoría para recordar que allí se degustaba excepcionales cepas. Se comió poco y se bebió mucho; jamás había visto circular tantas botellas de vino blanco sin que nadie terminase ebrio y yo, el único del grupo que sólo besó las copas, puedo dar crédito de ello. En honor al invitado de Sudamérica se conversó en inglés y francés y, cuando en el lugar sólo quedábamos nosotros, Herr Müller se sentó al viejo piano y la música y los cantos despertaron al vecindario; pronto repicó el teléfono y se escuchó golpes en el techo, una y otra vez; aunque a ratos la concurrencia conversaba nostálgicamente, dando algo de tregua a los que deseaban dormir, se los ignoró; al fin y al cabo, dicha celebración era también una despedida, pues ese tradicional refugio de bebedores y amigos cerraría sus puertas en tres días más: las exigencias impuestas por las severas normas de la nueva Alemania hacían inviable continuar con ese negocio. En una pausa, y desde el antejardín, Hubert llamó, con su celular, a don Roberto, un mutuo amigo de Bariloche, quien no podía creer que yo estuviese allí, en ese preciso momento (¡magia del mundo moderno!, de la cual hasta yo me asombro). A las cinco de la mañana, tanto fue el cántaro al agua, o mejor, el jarro al vino y los dedos al piano, que algún vecino llamó a la policía. Cuando las giratorias luces azules hicieron su aparición, también lo hizo el silencio y, cuando el hombre y la mujer de verde (¿por qué siempre vestirán de verde? *) entraron, varios pares de redondos ojos los miraron con inocencia. Ella dijo algo, mirando acusatoriamente el ahora callado instrumento de percusión de cuerdas; yo sólo comprendí “pianoforte” pero era obvio a que se refería. Comenzó una lluvia de explicaciones en la cual tomé palco; Frau Ziegenbalg rompió en llanto y se deshizo en lágrimas, no sé si lamentándose por la incomprensión de sus vecinos o por la pena que le daba explicar que la razón de esa reunión era una especie de velorio; como haya sido, tuvo éxito pues suavizó el severo mirar de los agentes del orden y la paz pública, quienes, para poner un amistoso fin al asunto, nos invitaron a abandonar el lugar.
¡Esa sí que fue una fiesta en Dresden!.
A las cinco y media de la mañana, fresco aún como lechuga, pues mi reloj biológico marcaba apenas las once y media de la noche, estaba ya en mi cama pero dormí pocazo; algo después de las 10 fui despertado por la gentil señora encargada del comedor; con gestos (¡y sí no cómo!) fui informado que el “Frühstück”, pese al fin de la alemana hora estipulada para el servicio, me esperaba; si no hubiese sido por esa deferencia, habría perdido el tan importante y suculento desayuno, que me permitía olvidar el almuerzo y ahorrar los duros y escasos marcos; con agradecimiento reflejado en mis entelerañados ojos, bajé al ya solitario comedor, tratando de convencer a mi organismo que desayunar así y a la 4 y media de la mañana, era lo normal en esas latitudes. En fin, levantarme temprano sirvió para aprovechar el tiempo, para contemplar el río Elba desde el antiguo Augustusbrücke y para no perderme la visita de mediodía a la bella Semperoper.
¡Valió la pena parar en Dresden!.
Osvaldo González Rojas.
(*) Debe ser para destacarse bien en medio de la selva urbana, que poco tiene de ese ecológico color
LA HERMOSA QUE LLEGÓ A BERLÍN

LA HERMOSA QUE LLEGÓ A BERLÍN
Fue una impresión de magnitud inesperada, ¡jamás pensé que me parecería tan bella!; ¡sus labios y la simetría de su rostro!, ¡su fino y largo cuello!, ¡la serena majestad de su aspecto!; ¡todo en ella irradiaba encanto y magnificencia!; ni siquiera su oreja rota y el ojo faltante disminuían la sensación de armonía y dignidad de ese rostro milenario que, imperturbable, parecía mirar al infinito, desde su elevada posición en el centro de aquella obscura sala.
Yo sabía que la habría de encontrar allí; ¡había ido en su búsqueda! pero nunca imaginé que me impactaría de ese modo. Al verla, no pude reprimir una exclamación espontánea “so beautiful!” – curiosamente, así, ¡en inglés!, una trampa, humorada o zancadilla de mi mente, obligada a pensar, durante algunos días ya, en esa lengua.
Ya sabéis que soy fotógrafo; la belleza de aquella imagen me dominó por completo; tras algunos minutos de inmovilidad física y de éxtasis espiritual, me sentí impelido a contemplarla desde abajo, buscando aquel ángulo desde el cual sus súbditos hubieron de admirarla; apoyé una rodilla en tierra mientras, fascinado, componía su imagen en mi cerebro y luego la encuadraba en el visor de la cámara. Al incorporarme giré mil veces a su alrededor, fijando en la película aquellas visiones que sólo podrían retornar a mi mente en maravillosos sueños. El guardia de la sala, testigo de mi arrobamiento y quizás de mi exclamación a media voz, posiblemente sorprendido también por el gesto de aquel visitante que parecía rendir pleitesía a la reina, se sintió inclinado a hacer algún comentario sobre el busto de la soberana de triste y trágico destino y también sobre los recuerdos familiares que allí la acompañaban.
Ese magnífico retrato de Nefertiti, en arcilla pintada, fue descubierto el 6 de Diciembre de 1912, por Ludwig Borchardt, en el curso de excavaciones en la que fuera, unos 3000 años atrás, la ciudad de Tell el Amarna; se lo encontró entre los polvorientos restos del taller de Tuthmosis, principal escultor de la corte. Nunca fue terminado, ni nunca abandonó tampoco el taller del maestro, ya que era utilizado como modelo oficial para otras representaciones de la que fuera la más bella soberana de Egipto y muy amada y principal esposa del Faraón Akhenaton.
Como la licencia para excavar, otorgada por el gobierno egipcio, pertenecía al comerciante berlinés James Simon, a él le fue asignado el maravilloso busto y, junto con algunas otras obras encontradas en el mismo sitio, viajó a Alemania. En el verano de ese mismo año, Simon donó sus tesoros del arte egipcio al Estado Prusiano, el cual los instaló en la Isla de los Museos de Berlín, hasta que los avatares de la guerra obligaron a su evacuación lejos de la capital; sólo pudo volver a ella en 1956 y, desde 1967, el famoso busto ha residido en el Museo Egipcio, frente al palacio de Charlottenburg, acompañada de otras múltiples y magníficas piezas arqueológicas procedentes del antiguo Egipto.
La historia es obscura en la época de Nefertiti, cuyo nombre significa “La Hermosa Ha Llegado”. Pudo haber sido hija de Ay, uno de los altos funcionarios del reino y quien, años después, sucedería a Tutankamon. No hay duda que fue muy feliz junto a su marido (hay múltiples y muy tiernas referencias que así lo atestiguan) y que tuvo seis hijas; menos claro es que tuviese también un hijo (existe cierta controversia al respecto) quien pudiera haber sido, precisamente, el futuro Tutankamon. Su marido, hijo de Amenhotep III, comenzó reinando, bastante joven, con el nombre Amenhotep IV (Amenhotep significa “Amon Está Contento”) y muy pronto dejó en claro que era alguien especial pues, apenas en el primer año de su reinado, hizo construir un templo en Karnak, no dedicado a Amon, el dios más importante del politeísmo egipcio de esa época, sino que a Aton, un nuevo dios, cuyo nombre significa, literalmente, “El Disco Solar”. Este joven Faraón debió ser un filósofo, sólo así se podría explicar que, siendo tan joven, haya sido capaz de imaginar la existencia de un solo dios, su Aton, y que haya intentado reemplazar por él a todo el amplio repertorio de dioses que, hasta entonces, colmaban la religión egipcia.. En el quinto año de su reinado tomó, además, dos decisiones muy iconoclásticas: cambió su nombre por el de Akhenaton (es decir, “Gloria al Disco Solar“) y comenzó a construir una nueva capital, en la región de El-Amarna, en el Egipto Medio, que se llamaría Akhetaton (Horizonte de Aton). Esto lo hizo con el claro propósito de reemplazar a Tebas y a Memphis como centros religiosos del país. Ambas medidas fueron conflictivas porque, aparte de dejar cesantes a la multitud de sacerdotes y comerciantes que vivían del culto a la miríada de dioses de la antigua religión, ellas desconcertaron al pueblo, el cual no estaba preparado para asimilar tan revolucionaria idea, ni comprender las razones por las que su Faraón renegaba de Amon y de las otras deidades tradicionales. Además, Akhenaton, como buen filósofo, vivía un poco en otro mundo y no se ocupaba mucho de la política, tanto de la interior como de la exterior, lo cual hizo decaer el Imperio e incrementó las molestias y las críticas a su gestión. Hay evidencias que la iconoclastía y los otros problemas mencionados, que caracterizaron su reinado, causaron una gran inquietud entre importantes sectores sociales, al extremo que, tras 18 años de gobierno, Akhenaton desaparece, probablemente asesinado, borrándose también, con este hecho, la historia de Nefertiti. De aquí en adelante sólo hay dudas y conjeturas; es posible que Nefertiti haya sucedido brevemente a su marido, con el seudónimo de Smenkhkara, para, muy pronto, ceder el trono a Tutankaton (“Imagen Viviente de Aton”) y quien, más tarde, cuando se denunció a Akhenaton como hereje, cambiaría su nombre por el de Tutankamon.
Poco tiempo después, la corte abandonó la ciudad en el-Amarna, retornando al tradicional centro administrativo de Menphis y así fue como el taller de Thutmosis fue olvidado, cubierto por las arenas del inhóspito desierto y preservado, con su maravilloso contenido, durante tres milenios.
Sería interesante continuar con la historia de la Décimo Octava Dinastía, la correspondiente al reinado del famoso aunque desconocido Tutankamon, pero no teniendo nada personal que decir al respecto, ello sería tan sólo una transcripción de escritos de otros; tendrán que esperar pues que, al menos, logre ver el tesoro de este Faraón, para lo cual no encuentro otra opción que viajar a Egipto y visitar el Museo del Cairo, porque no creo que se repitan las oportunidades que he dejado pasar para hacerlo. Sin pretender aburrirlos, les contaré: la primera de ellas fue en 1972, mientras estaba yo de visita en Londres, por suerte sin pasaporte diplomático; allí me enteré que el Tesoro en cuestión se exhibía en el Museo Británico pero pronto supe que me quedaría con las ganas de verlo (o con los crespos hechos, porque en ese entonces tenía pelo para ello); a pesar que en esa época había muchos chilenos que ya hacían colas tan largas como la que entonces vi (y sólo para comprar leche o aceite) yo renuncié al sacrificio; será para otra vez, me dije y, sorpresivamente, ¡hubo otra!; fue en 1980, en Colonia, Alemania pero, de nuevo, la fila de trescientos metros me desanimó y hasta me causó escalofríos (para ese entonces, mis propios recuerdos de las colas que tuve que hacer en 1973, me habían predispuesto mal en contra de ellas). Sí, tendré y tendréis que esperar, pero sepan que no pierdo las esperanzas de viajar a Egipto; por alguna enigmática razón, quizás hasta genética, siempre me ha fascinado el arte y la historia de ese país.
Para terminar este artículo, siento que es propicia una reflexión: resulta chocante, ciertamente, constatar el formidable expolio de tesoros arqueológicos realizado por los países civilizados en aquellos que lo fueron antes que ellos (momias egipcias, por ejemplo, hay en todas partes, ¡hasta en Concepción!); sin duda que eso es una desgracia para los actuales nacionales de dichos países pero es también una gran ventaja para la difusión y conocimiento de esas culturas porque es más fácil acceder a ellos. También es posible que, estando donde están, esos tesoros se encuentren más protegidos; sabido es que lo que se tiene a la vista todo el tiempo termina por no ser visible, por no ser valorado ni cuidado, lo cual puede conducir a su completa destrucción. La evidencia que esto último puede evitarse me quedó muy clara al admirar el Gran Altar de Pérgamo, conservado en el museo del mismo nombre, en la Isla de los Tales, también en Berlín; a pesar que es necesario realizar un gran esfuerzo de imaginación para visualizar esta magnífica obra como era en su mejor época, bajo el brillante sol del Asia Menor, lo prefiero mil veces donde ahora está; el sólo pensar que tamaña maravilla estuvo medio enterrada por siglos y que partes de sus esculturas de fino mármol fueron utilizadas para fabricar cal, me deprime.
Sí, contemplar a la bella Nefertiti y al Gran Altar de Pérgamo vale, por si sólo, un viaje a Berlín; además, si se aprovecha la ocasión para cruzar la histórica Puerta de Brandenburgo y caminar, sin prisa, bajo los tilos de la romántica Avenida Unter den Linden y mucho más, tanto mejor.
Osvaldo González Rojas.
Fue una impresión de magnitud inesperada, ¡jamás pensé que me parecería tan bella!; ¡sus labios y la simetría de su rostro!, ¡su fino y largo cuello!, ¡la serena majestad de su aspecto!; ¡todo en ella irradiaba encanto y magnificencia!; ni siquiera su oreja rota y el ojo faltante disminuían la sensación de armonía y dignidad de ese rostro milenario que, imperturbable, parecía mirar al infinito, desde su elevada posición en el centro de aquella obscura sala.
Yo sabía que la habría de encontrar allí; ¡había ido en su búsqueda! pero nunca imaginé que me impactaría de ese modo. Al verla, no pude reprimir una exclamación espontánea “so beautiful!” – curiosamente, así, ¡en inglés!, una trampa, humorada o zancadilla de mi mente, obligada a pensar, durante algunos días ya, en esa lengua.
Ya sabéis que soy fotógrafo; la belleza de aquella imagen me dominó por completo; tras algunos minutos de inmovilidad física y de éxtasis espiritual, me sentí impelido a contemplarla desde abajo, buscando aquel ángulo desde el cual sus súbditos hubieron de admirarla; apoyé una rodilla en tierra mientras, fascinado, componía su imagen en mi cerebro y luego la encuadraba en el visor de la cámara. Al incorporarme giré mil veces a su alrededor, fijando en la película aquellas visiones que sólo podrían retornar a mi mente en maravillosos sueños. El guardia de la sala, testigo de mi arrobamiento y quizás de mi exclamación a media voz, posiblemente sorprendido también por el gesto de aquel visitante que parecía rendir pleitesía a la reina, se sintió inclinado a hacer algún comentario sobre el busto de la soberana de triste y trágico destino y también sobre los recuerdos familiares que allí la acompañaban.
Ese magnífico retrato de Nefertiti, en arcilla pintada, fue descubierto el 6 de Diciembre de 1912, por Ludwig Borchardt, en el curso de excavaciones en la que fuera, unos 3000 años atrás, la ciudad de Tell el Amarna; se lo encontró entre los polvorientos restos del taller de Tuthmosis, principal escultor de la corte. Nunca fue terminado, ni nunca abandonó tampoco el taller del maestro, ya que era utilizado como modelo oficial para otras representaciones de la que fuera la más bella soberana de Egipto y muy amada y principal esposa del Faraón Akhenaton.
Como la licencia para excavar, otorgada por el gobierno egipcio, pertenecía al comerciante berlinés James Simon, a él le fue asignado el maravilloso busto y, junto con algunas otras obras encontradas en el mismo sitio, viajó a Alemania. En el verano de ese mismo año, Simon donó sus tesoros del arte egipcio al Estado Prusiano, el cual los instaló en la Isla de los Museos de Berlín, hasta que los avatares de la guerra obligaron a su evacuación lejos de la capital; sólo pudo volver a ella en 1956 y, desde 1967, el famoso busto ha residido en el Museo Egipcio, frente al palacio de Charlottenburg, acompañada de otras múltiples y magníficas piezas arqueológicas procedentes del antiguo Egipto.
La historia es obscura en la época de Nefertiti, cuyo nombre significa “La Hermosa Ha Llegado”. Pudo haber sido hija de Ay, uno de los altos funcionarios del reino y quien, años después, sucedería a Tutankamon. No hay duda que fue muy feliz junto a su marido (hay múltiples y muy tiernas referencias que así lo atestiguan) y que tuvo seis hijas; menos claro es que tuviese también un hijo (existe cierta controversia al respecto) quien pudiera haber sido, precisamente, el futuro Tutankamon. Su marido, hijo de Amenhotep III, comenzó reinando, bastante joven, con el nombre Amenhotep IV (Amenhotep significa “Amon Está Contento”) y muy pronto dejó en claro que era alguien especial pues, apenas en el primer año de su reinado, hizo construir un templo en Karnak, no dedicado a Amon, el dios más importante del politeísmo egipcio de esa época, sino que a Aton, un nuevo dios, cuyo nombre significa, literalmente, “El Disco Solar”. Este joven Faraón debió ser un filósofo, sólo así se podría explicar que, siendo tan joven, haya sido capaz de imaginar la existencia de un solo dios, su Aton, y que haya intentado reemplazar por él a todo el amplio repertorio de dioses que, hasta entonces, colmaban la religión egipcia.. En el quinto año de su reinado tomó, además, dos decisiones muy iconoclásticas: cambió su nombre por el de Akhenaton (es decir, “Gloria al Disco Solar“) y comenzó a construir una nueva capital, en la región de El-Amarna, en el Egipto Medio, que se llamaría Akhetaton (Horizonte de Aton). Esto lo hizo con el claro propósito de reemplazar a Tebas y a Memphis como centros religiosos del país. Ambas medidas fueron conflictivas porque, aparte de dejar cesantes a la multitud de sacerdotes y comerciantes que vivían del culto a la miríada de dioses de la antigua religión, ellas desconcertaron al pueblo, el cual no estaba preparado para asimilar tan revolucionaria idea, ni comprender las razones por las que su Faraón renegaba de Amon y de las otras deidades tradicionales. Además, Akhenaton, como buen filósofo, vivía un poco en otro mundo y no se ocupaba mucho de la política, tanto de la interior como de la exterior, lo cual hizo decaer el Imperio e incrementó las molestias y las críticas a su gestión. Hay evidencias que la iconoclastía y los otros problemas mencionados, que caracterizaron su reinado, causaron una gran inquietud entre importantes sectores sociales, al extremo que, tras 18 años de gobierno, Akhenaton desaparece, probablemente asesinado, borrándose también, con este hecho, la historia de Nefertiti. De aquí en adelante sólo hay dudas y conjeturas; es posible que Nefertiti haya sucedido brevemente a su marido, con el seudónimo de Smenkhkara, para, muy pronto, ceder el trono a Tutankaton (“Imagen Viviente de Aton”) y quien, más tarde, cuando se denunció a Akhenaton como hereje, cambiaría su nombre por el de Tutankamon.
Poco tiempo después, la corte abandonó la ciudad en el-Amarna, retornando al tradicional centro administrativo de Menphis y así fue como el taller de Thutmosis fue olvidado, cubierto por las arenas del inhóspito desierto y preservado, con su maravilloso contenido, durante tres milenios.
Sería interesante continuar con la historia de la Décimo Octava Dinastía, la correspondiente al reinado del famoso aunque desconocido Tutankamon, pero no teniendo nada personal que decir al respecto, ello sería tan sólo una transcripción de escritos de otros; tendrán que esperar pues que, al menos, logre ver el tesoro de este Faraón, para lo cual no encuentro otra opción que viajar a Egipto y visitar el Museo del Cairo, porque no creo que se repitan las oportunidades que he dejado pasar para hacerlo. Sin pretender aburrirlos, les contaré: la primera de ellas fue en 1972, mientras estaba yo de visita en Londres, por suerte sin pasaporte diplomático; allí me enteré que el Tesoro en cuestión se exhibía en el Museo Británico pero pronto supe que me quedaría con las ganas de verlo (o con los crespos hechos, porque en ese entonces tenía pelo para ello); a pesar que en esa época había muchos chilenos que ya hacían colas tan largas como la que entonces vi (y sólo para comprar leche o aceite) yo renuncié al sacrificio; será para otra vez, me dije y, sorpresivamente, ¡hubo otra!; fue en 1980, en Colonia, Alemania pero, de nuevo, la fila de trescientos metros me desanimó y hasta me causó escalofríos (para ese entonces, mis propios recuerdos de las colas que tuve que hacer en 1973, me habían predispuesto mal en contra de ellas). Sí, tendré y tendréis que esperar, pero sepan que no pierdo las esperanzas de viajar a Egipto; por alguna enigmática razón, quizás hasta genética, siempre me ha fascinado el arte y la historia de ese país.
Para terminar este artículo, siento que es propicia una reflexión: resulta chocante, ciertamente, constatar el formidable expolio de tesoros arqueológicos realizado por los países civilizados en aquellos que lo fueron antes que ellos (momias egipcias, por ejemplo, hay en todas partes, ¡hasta en Concepción!); sin duda que eso es una desgracia para los actuales nacionales de dichos países pero es también una gran ventaja para la difusión y conocimiento de esas culturas porque es más fácil acceder a ellos. También es posible que, estando donde están, esos tesoros se encuentren más protegidos; sabido es que lo que se tiene a la vista todo el tiempo termina por no ser visible, por no ser valorado ni cuidado, lo cual puede conducir a su completa destrucción. La evidencia que esto último puede evitarse me quedó muy clara al admirar el Gran Altar de Pérgamo, conservado en el museo del mismo nombre, en la Isla de los Tales, también en Berlín; a pesar que es necesario realizar un gran esfuerzo de imaginación para visualizar esta magnífica obra como era en su mejor época, bajo el brillante sol del Asia Menor, lo prefiero mil veces donde ahora está; el sólo pensar que tamaña maravilla estuvo medio enterrada por siglos y que partes de sus esculturas de fino mármol fueron utilizadas para fabricar cal, me deprime.
Sí, contemplar a la bella Nefertiti y al Gran Altar de Pérgamo vale, por si sólo, un viaje a Berlín; además, si se aprovecha la ocasión para cruzar la histórica Puerta de Brandenburgo y caminar, sin prisa, bajo los tilos de la romántica Avenida Unter den Linden y mucho más, tanto mejor.
Osvaldo González Rojas.
Subscribe to:
Posts (Atom)